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Cuando comer es más que sentarse a la mesa


El comedor sostenible del Colegio Cisneros enseñará a sus alumnos un concepto de respeto a todos los niveles
JUAN DAÑOBEITIA/SANTANDER

Lavándose las manos y los dientes

 

LIMPIEZA. las normas de aseo son fundamentales y también se enseñan. / A. F.


Un menú equilibrado
A primera vista, todo parece normal. Las mejillas y las manos manchadas por el tomate que acompaña a los spaghettis; el sonido de los tenedores al rozar con los platos; los monitores sirviendo y los niños comiendo, algunos de ellos entre lágrimas porque es el primer almuerzo en el que sus padres no están a su lado. Al fin y al cabo es un comedor escolar en su primer día de trabajo. Pero aunque lo parece, no es normal.

Desde una normativa de conducta, hasta la legalidad en los contratos de quienes trabajaron para que el viernes abriera sus puertas. Cada detalle, por ínfimo que parezca, está estudiado y llevado a la práctica entre sus cuatro paredes. Es el comedor del Colegio Cisneros: un comedor distinto, ecológico, cívico en el amplio sentido de este concepto. Incluso el flujo de salida en los grifos está limitado En pocas palabras: un comedor sostenible.

El proyecto tiene sus cimientos en la Agenda 21, una iniciativa institucional mediante la cual se intenta 'enseñar' a los ciudadanos a vivir acorde a una serie de preceptos ecológicos. Pero la prehistoria de este comedor va mucho más lejos. Se encuentra, según el director del centro, José Antonio Sánchez Raba, en «la propia idiosincrasia del colegio, plagada de valores que se mueven en esta línea ideológica de respeto medioambiental».

Valores que ya estaban materializados en paneles solares que proporcionan energía limpia, campañas de reciclaje de botes de aluminio cuyos beneficios se destinan a UNICEF... El C.P. Cisneros es un centro distinto. «Tratamos de educar con total respeto al concepto 'sostenible'».

Y dentro de esta educación se enmarca este peculiar comedor, que pese a que a simple vista pueda parecer igual a todos, está repleto de pequeños y grandes detalles que le hacen diferente.

Comenzando por los monitores, «a los que prefiero llamar educadores, porque su labor no es vigilar, sino enseñar a los niños una serie de valores y comportamientos adecuados y coherentes para con la idea del proyecto», comenta Sánchez Raba, quien añade que «no son profesores del centro, sino profesionales cuyo cometido será velar por el respeto a las normas».

Normas de civismo

Normas tales como terminarse la comida, cumplir unos mínimos de higiene personal (lavarse las manos antes y después de la comida, así como los dientes), cuidar el mobiliario (no arrojar comida, no ensuciar ni mesas ni paredes...) y respetar, en todos los sentidos, a los educadores.

Entre ellas (casualmente todas son chicas), se encuentra Marisa Palazuelos, una joven de 24 años, licenciada en Magisterio «y con experiencia en otros comedores escolares y en campamentos infantiles», asegura la educadora. Está involucrada en el proyecto al máximo, «me encanta la idea, el concepto e, incluso, espero aprender ciertos aspectos a veces olvidados para llevarlos a cabo en mi vida personal». Desde el viernes, su trabajo será vigilar, servir los alimentos, comentar las incidencias y, sobre todo, enseñar a los niños unos hábitos de comportamiento adecuados a la hora de sentarse a almorzar.

Y es en este aspecto en el que, a priori, se podrá encontrar algún que otro problema, «porque los alumnos del primer turno -los más pequeños, entre los que hay niños de hasta 3 años- no llegan a comprender el concepto de este comedor». Para paliarlo, «se debe hablar con ellos, comentarles las normas pero sin incidir en el porqué». Con los mayores, casi adolescentes, será distinto «porque ya entienden que éste es un comedor diferente».

Y así es. O, al menos, así lo atestiguan Alfonso Lanza, Marcos Toscano, José Manuel Saiz, Ainhoa Aguirre y Alain Fernández, cinco jóvenes comensales (todos cuentan 11 años) que, a las puertas de este innovador comedor aguardan la llegada de su turno. «Nuestros padres nos han dicho que aquí hay que portarse bien y no hablar a gritos», comentan a voces. «Pero así es mejor, porque el año pasado salíamos con un dolor de cabeza gigante».

Este curso será diferente: habrán de modular su tono de voz. En otras palabras, les enseñarán a conversar, a escuchar e, incluso, a mantenerse en silencio cuando no hay nada que decir. Algo que a Marcos no le costará gran trabajo porque, «siendo sincero», asegura que en su casa siempre «me porto muy bien a la hora de comer». Sus cuatro amigos asienten a su lado con la cabeza mientras mascullan «yo también».

También están acostumbrados a lavarse los dientes todos los días y tras cada comida, aunque en sus ojos se refleje un leve atisbo de pícara mentira. Incluso Alfonso muestra su cepillo y su dentífrico. Y saben lo que es reciclar. «Yo le digo a mi madre que lo haga y ella me suele hacer caso», comenta Marcos.

Control de alergias

Ainhoa y Alfonso padecen alergias a las picaduras de los mosquitos. Nada grave a la hora de comer. Pero entre los 100 niños que conforman el listado, se encuentran diabéticos, alérgicos a ciertos productos alimenticios... Toda esa información está en posesión de los educadores.

Al igual que al alcance de sus manos está el facilitar ciertos servicios a los niños con discapacidades, algo en lo que Sánchez Raba hizo especial hincapié adaptando desde los accesos a la sala, hasta un baño y ciertos espacios habilitados en las mesas del comedor.

En definitiva, todo está estudiado. «Seguro que se nos escapan ciertos detalles, pero para eso estamos trabajando ahora, para paliarlos», asegura el director. Desde el viernes existe en Cantabria un comedor diferente que no sólo da de almorzar a 100 niños cada día. Es un comedor que les educa, que les ayuda para afrontar el futuro desde un punto de vista de respeto con mayúsculas. Respeto al medioambiente, a sus amigos y compañeros, a los responsables de su educación. Es un comedor destinado a educar en el siglo XXI. Es el comedor sostenible del Colegio Público Cisneros.

 

Un menú equilibrado

Empezando a comer

ORDEN. Un aspecto del comedor. / ANDRÉS FERNÁNDEZ

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Tal vez no es el menú que José Antonio Sánchez Raba habría elegido. Él prefería ahondar aún más si cabe en productos naturales y saludables. Pero la decisión final no estaba en sus manos. Dependía en gran medida de la decisión de la Consejería de Educación, encargada de seleccionar a la empresa que suministraría el catering en los comedores escolares cántabros. Este año ha sido Alprinsa la elegida. En su menú no habrá semana sin tres días con fruta y uno con pescado. Cobrarán importancia la verdura (sobre todo en purés), las legumbres y los cereales (arroces) en detrimento de los alimentos precocinados. Y algo muy importante en lo que Sánchez Raba quiso incidir: se utilizará aceite de oliva para freir los alimentos que así lo requieran. Asimismo, el menú de todos y cada uno de los días del curso está a disposición de los alumnos y de sus padres, en un tríptico informativo que el director se ha encargado de 'colgar' en la página web del colegio (centros3.pntic.mec.es/cp.cisneros/).