Ir página principal Regalo de Sirenas

 

El mes de julio de 1920 en las calles de Madrid fue uno de los más calurosos para las gentes del lugar y especialmente insoportable para la pequeña Anne. Tan sólo tenía ocho años y parecía estar destinada a pasar el resto de su vida tumbada en una cama, esa que, a petición suya, su padre –un importante médico madrileño llamado Manuel, conocido por sus pacientes como “El Raro”– había situado de manera que la pequeña pudiese vislumbrar a través de la ventana de su habitación las distintas estampas de las céntricas calles madrileñas. La madre de Anne, Marie, era una bellísima francesa que desde su infancia, transcurrida en París, había llevado una vida de ensueño, acostumbrada a ser la destinataria de todos los caprichos que sus padres le concedían. Cuando cumplió los 18 años viajó a Madrid. Siempre había estado enamorada de la capital española y, a pesar de las reticencias de su padre, osó buscar trabajo atravesando las fronteras de su país. Fue entonces cuando se enamoró de Manuel, a quien conoció en un céntrico café, conocido como el Café de la Verja, por la imponente puerta de hierro forjado que daba la bienvenida a los clientes que frecuentaban el establecimiento, la mayoría miembros de la burguesía madrileña. Allí, Marie trabajaba como pianista. Era un lugar de reunión de los médicos más afamados y todos ellos la apodaban “La Pianista de Porcelana”, por la apariencia aterciopelada de su piel. Contradicciones de la vida, que dos años más tarde, cuando Manuel y Marie se casaron y engendraron a Anne, su primera y deseada hija, ésta llegó al mundo con una enfermedad cutánea posiblemente producida por la mala circulación de su sangre, que afloraba en su piel en forma de sarpullidos. Nadie sabía exactamente lo que tenía la pequeña y nadie le auguraba una vida normal. Sólo sus padres, que vivían empeñados en descifrarlo, ella y sus ansias por vivir aquella vida que solía pintar en su cuaderno y que parecía prohibida para ella.

En una de sus visitas diarias al Café de la Verja, ya no tan apasionadas desde que su esposa dejara de trabajar allí al dar a luz a Anne, Manuel, que siempre acudía a discutir con sus colegas de profesión cualquier tema relativo a la medicina, mientras leía la prensa y tomaba una taza de leche manchada con unas gotitas de café y cinco cucharadas de azúcar –solía hablar a sus clientes de las excelentes propiedades de este ingrediente–, se enteró por uno de ellos de que allá por 1847, la “Gaceta de Madrid” publicó un artículo en el que se hablaba de las magníficas propiedades de los baños y las olas de las playas santanderinas y en el que se decía algo así: “Habilitados los baños de ola en la espaciosa playa de El Sardinero de Santander, han empezado a ser concurridos de sus naturales y de muchos forasteros…”.

Inmerso en una nube de pensamientos, todos ellos con el mismo fin, la curación de su hija, salió corriendo del café, sin pararse siquiera a pronunciarse sobre si aquello que acababa de escuchar sería cierto; bastante tenía con ser el único que defendía las teorías que para los otros médicos no eran sino rarezas, terapias que para él eran innovación, pero con las que se había ganado ese apodo que tanto le irritaba.

De camino a su casa, deseoso por cambiar la vida de su pequeña, planeó el viaje que duraría hasta mediados de agosto. Cuando llegó, Marie le abrió la puerta. Manuel, con claros síntomas de esperanza, ordenó a su esposa e hija que hicieran las maletas para un mes, mientras él preparaba el carruaje. La pequeña Anne no creía lo que estaba oyendo. Por primera vez desde que naciera, iba a viajar. Había visto muchas veces desde su cama cómo la gente iba y venía con enormes maletas y, al igual que le ocurriera a su madre de joven, ella también tenía unas ganas locas de conocer otros lugares.

Santander le sonó tan bien que durante aquel viaje, que se le hizo eterno, no paró de repetirlo:

–Santander, Santander, Santander… –pronunciando estas palabras con tanta ilusión que parecían tan mágicas como las palabras de un mago en plena función.

Tampoco cesó de preguntar si aquellas playas a las que se dirigían serían tan hermosas como las que ella recordaba haber visto en el álbum de fotos que su madre guardaba con cariño y en el que Marie aparecía retratada en un viaje que realizó con su familia a las playas de la Riviera francesa, cuando ésta rondaría la edad que ahora tenía su hija.

Por fin, tras un duro viaje, la familia llegó a Santander cuando comenzaba a atardecer. Anne saltaba de alegría, ante la preocupación de sus padres, que veían en la niña demasiada excitación, algo que supuestamente debía evitar.

A su llegada, junto al Gran Casino de la ciudad, construido tan sólo un año antes, les esperaba Luis, un periodista amigo de la familia que cada verano se trasladaba a Santander a cubrir los veraneos de la Familia Real y las famosas carreras de caballos del Hipódromo de Bellavista, y que había influido en la decisión y organización del viaje, pues sería en su casa, situada en la zona de playas, un lugar que llamaban El Sardinero y que parecía estar convirtiéndose en una parte importante para la ciudad, donde la familia se hospedaría.

Al bajar del carruaje, Marie quedó impresionada por la belleza de aquel edificio blanco que le recordó a las edificaciones más lujosas de su ciudad natal, y Anne saludó educadamente a Luis, que, señalando con el brazo la dirección contraria a la que la pequeña miraba, le mostró el mar. Entonces una serie de palabras rápidas y entrecortadas salieron de la boca de la niña y, unos segundos más tarde, logró comunicar lo que pretendía:

–¡Huele a pescado con sal, madre!

Ésas fueron las palabras que utilizó para definir el olor del mar, que se le empezaba a meter por los huesos, mientras –sin apartar la vista de la playa, la Primera de El Sardinero, según explicaba Luis a Manuel– pensaba si aquella gente sobre la arena pertenecería al paisaje o sería gente de carne y hueso, como ella.

Agotados por el largo viaje, la familia se dirigió a casa de Luis, donde decidieron deshacer el equipaje, tomar una sopa de verduras, que la pequeña rechazó, y descansar.

Cuando Anne se acostó, su padre, acostumbrado a contarle un cuento distinto cada noche, le habló de cómo unas sirenas, encantadas por la belleza de la costa santanderina, habían encargado hacía miles de años a Neptuno, el monarca de los mares, que dotara a las aguas de Santander de unas cualidades únicas y especialmente curativas. Y, según Manuel, eran aquellas propiedades las que Anne había apreciado con su olfato nada más apearse del carruaje. La niña comenzó a bostezar y cayó dormida.

Apenas pudo descansar. Pasó toda la noche forcejeando con un inquietante sueño: ella misma aparecía sentada en la arena de alguna playa, justo al lado de una caseta de tela en colores azul y blanco de la que no cesaba de entrar y salir gente. Anne, protegida del sol mediante una sombrilla que alguien había instalado y de la que no se le permitía salir, dibujaba, como si estuviera prisionera en aquel lugar, el contorno de una roca que sobresalía del mar justo enfrente de ella y que resultó tener la forma de un camello sobre la hoja de su cuaderno. La pequeña sentía la llamada del mar que le invitaba a darse un baño. Intentaba salir de debajo del parasol, pero una ola de aire, le llenaba de arena y le hacía retroceder una y otra vez hasta el centro de la sombrilla. Así pasó toda la noche, esforzándose por probar aquellas propiedades de las que su padre se había enterado en una de sus tertulias diarias y deseosa por saltar sobre las olas que le curarían.

Cuando amaneció, Marie le despertó y ambas se encargaron de preparar una bolsa con todo lo que necesitarían para ese día, mientras Luis explicaba a Manuel el itinerario a seguir. Al final de la jornada, se reunirían con él en el Hipódromo de Bellavista.

Marie comprobó que el traje de baño con el que contaba para Anne le quedaba perfecto: no se le pegaba al cuerpo y parecía estar cómoda, aunque dudaba de si realmente sería así o si su hija sería capaz de meterse en cualquier traje con tal de probar los baños de oleaje. Realmente le quedaba como un guante. Era de color azul oscuro y resultaba adecuado a las normas que Luis había comunicado a la familia que debían regular el vestuario en las playas. Metieron también en la bolsa el cuaderno y las pinturas de Anne, los trajes de baño de Manuel y Marie y la sombrilla que Marie conservaba desde que su madre se la regalara tras aquel viaje a la Riviera francesa.

Sólo tenían que caminar unos metros y se topaban con la arena de la Primera Playa de El Sardinero, pero Luis les había sugerido que visitaran primero la playa de La Concha; al fin y al cabo tenían todo un mes para conocer todas y comprobar si las cualidades del agua eran iguales o distintas en cada una.

Cuando llegaron, Anne comenzó a correr por la arena, experimentando un tacto distinto en sus pies, una sensación que descubrió muy distinta a la que había experimentado pocas horas antes en su horrible sueño.

–¡Ahora vamos a probar aquella arena, la que está mojada, padre! –dijo la pequeña. Y libre, contando con la confianza que sus progenitores tenían en ella, le dejaron que por sí sola experimentara todas las novedades que acabarían siendo una costumbre en su vida.

Anne cruzó la arena mojada y se detuvo un metro antes del agua, precavida por si su sueño pudiera resultar premonitorio, mientras Manuel y Marie, sentados bajo una sombrilla que habían colocado a disgusto de la niña, le animaban a que tocara el agua y comprobase, por fin, ese regalo de las sirenas.

El traje de baño tapaba casi la totalidad de la piel enferma de Anne, pero el agua era tan poderosa –ella ya estaba al tanto– que se colaría a través de la lana para surtir el efecto deseado. A pesar de que la temperatura del mar santanderino no era tan agradable como pensaba, no dudó en mojarse en cuanto advirtió que sus padres le animaban.

Contaba las olas que rompían a sus pies, luego a la altura de su cintura y, con la misma valentía que apreciaba en los demás bañistas, se mojó el cabello ayudándose con las manos.

Ese primer baño resultó satisfactorio para Manuel, que unas horas más tarde comprobó cómo los sarpullidos que abarrotaban la piel de su hija lucían ahora algo menos llamativos. Tenía la teoría de que el agua del mar activaría la circulación de su hija y ayudaría a calmar esos brotes que surgían en ella pero que no eran capaces de anular la belleza que Anne había heredado de su madre.

Cuando llegaron las cinco de la tarde, la familia se despojó de los trajes de baño en una de las casetas que servían para cambiarse y, tras ponerse sus mejores galas, marcharon de la playa hacia el hipódromo, donde habían quedado con Luis, quien nada más ver a la pequeña no dudó en piropearla diciendo: “¡Estás más guapa que nunca, Anne, pareces una sirena!”. La pequeña miró a su padre con una sonrisa de complicidad. Nadie, aparte de ellos dos, sabía de dónde venían las propiedades de ese agua e, inmediatamente, la niña escuchó unas voces en su interior:

–¡Me curaré, porque la belleza de las sirenas está aún en este agua, me empapará y mis manchas desaparecerán!

Durante la primera semana de estancia en El Sardinero se dedicaron a conocer cada una de las playas. Anne, que era tremendamente inteligente y con una imaginación desbordante para su edad, llegó a la conclusión de que el agua de cada playa era diferente, a cada cual más beneficiosa para ella. Así, las olas de la playa de La Concha resultaron ser ‘las olas de la valentía y la belleza’, pues fue allí donde quitó sus miedos al agua de mar y se contagió con la belleza de las sirenas. Las de la Primera de El Sardinero fueron ‘las olas hechiceras’, pues fue tras el día que pasó en esta playa cuando desapareció por completo uno de los sarpullidos de su piel, el que siempre estaba visible, y por tanto el que más odiaba. Estaba situado en su cuello y, con cada vestido que lucía, esas manchas asomaban irritándole, impidiéndole, además, lucir los collares que veía en los cuellos de las demás niñas y que ella tenía expresamente prohibido usar. Pero su preferida fue la Segunda de El Sardinero. Eran ‘las olas de las princesas’ las que brotaban de aquel mar, pues fue en esta playa donde la pequeña empezó a contagiarse con la elegancia de las demás bañistas que acudían a este arenal, unos modales que su madre adoraba observar en ella, dignos de una princesa a la que Anne no tenía nada que envidiar.

Aquí pasaron la mayoría de las jornadas playeras de ese mes.

Sólo faltaban ya cinco días para que la familia volviera a Madrid y, como habían venido haciendo, ese día llegaron a la playa en una mañana que había amanecido nublada.

Anne, que había superado su miedo a la sombrilla, ayudó a su padre a instalarla cuando comenzaron a caer las primeras gotas de una tormenta que avanzaba en su dirección desde el mar. Estaba más guapa que nunca. Los baños de mar que llevaba semanas tomando estaban dando resultado. Sólo se apreciaban tres sarpullidos en el cuerpo de la pequeña: uno a la altura del tobillo, otro en el antebrazo y el último bordeaba su ombligo. La niña preguntó si podía tomar un baño mientras llovía. Sus padres se negaron en un primer momento, pero la cara de la pequeña les obligó a darle el permiso que necesitaba. Así que salió de debajo del parasol y se dirigió a la orilla con intención de conversar con dos chicos, miembros de la alta burguesía de la ciudad, a los que de sobra conocía ya:

–¡Voy a contar a mis amigos que ya sólo tengo tres manchas! –gritaba Anne mientras se dirigía hacia el mar.

Y así fue. La pequeña les mostró cómo habían desaparecido los sarpullidos en los que los chicos habían procurado no fijar la mirada cada vez que se cruzaban con ella en la orilla.

Los padres de estos dos muchachos habían entablado conversación pocos días antes con Manuel y Marie en una de las terrazas que asomaban a la playa desde el edificio del balneario, siempre repleto de gentes elegantes y de las esferas más altas, personas con las que Marie se encontraba muy a gusto y con las que habían coincidido también en sus veladas en el Gran Casino y en sus visitas al hipódromo.

Frente a las olas, Anne estiró los brazos para comprobar si el agua de la lluvia que venía desde el horizonte posándose en el mar era igual de eficaz en su piel como lo era el agua marina. La niña se metió en el agua hasta que le cubrió el brote del ombligo, introdujo los brazos y esperó a que las sirenas le entregasen su regalo. En su mente, otro pensamiento: “¡Neptuno ya ha dado órdenes a las sirenas; sólo queda que la lluvia también esté de mi parte y la mezcla de las dos aguas me cure!”.

Un chaparrón cayó sobre la Segunda de El Sardinero. Tan sólo duró unos segundos, justo el tiempo que tardó la niña en regresar a la sombrilla, un camino que realizó cubierta por una capa de salitre blanco que se escurría hasta sus pies por culpa de la lluvia. De repente, los rayos de sol se empezaron a colar entre las nubes y el día quedó totalmente despejado. Anne les contó a sus padres que Neptuno había ordenado a las sirenas que entregasen a la valiente niña que en ese momento osaba tomar un baño bajo la tormenta, aquélla que lucía los modales de una princesa en pleno baño y que era capaz de hechizar con su belleza al mismo monarca de los mares, toda la fuerza para llevar adelante su enfermedad, enfrentarse a cualquier recaída y la promesa de que algún día pudiera lucir la misma piel aterciopelada que lucía su madre.

Y algo parecido fue lo que ocurrió. Cuando Anne se despertó el día en que debía regresar a su casa, sólo contaba con el sarpullido del tobillo. El resto habían desaparecido. Y no sólo eso, sino que sus padres habían comprobado que la pequeña podía llevar una vida totalmente normal. La niña preparó su maleta y se dirigió al carruaje. Llevaba puesto el collar de perlas que su madre le regaló cuando desapareció la mancha de su cuello. Corrió a agradecer a Luis todo lo que había hecho por ella y éste le prometió esperarla cada verano para que tomara sus baños de mar y pudiese agradecer a las sirenas ese regalo que hacía miles de años habían entregado a Santander y que, tan sólo unos días antes, ella misma había recibido.

 

Blanca Ruiz Fernández

Santander, julio de 2005