¿A dónde vamos con tanta prisa?
JUAN CARLOS ZUBIETA IRÚN/TALLER DE SOCIOLOGÍA. UNIVERSIDAD DE CANTABRIA
Entre las múltiples sugerencias que se encuentran en la obra de Lewis Carroll 'Alicia en el país de las maravillas' hay dos pasajes que a todos nos deberían hacer pensar:
Alicia preguntó al gato:
-¿Podrías decirme, por favor, qué camino he de tomar para salir de aquí?
-Depende mucho del punto adonde quieras ir- contestó el Gato.
-Me da casi igual dónde- dijo Alicia.
-Entonces no importa qué camino sigas- dijo el Gato".
En el primer capítulo, un conejo blanco pasó velozmente al lado de Alicia y
«... ni siquiera le pareció nada extraño oír que el Conejo se dijera a sí
mismo: ¿Dios mío, Dios mío! ¿Qué tarde voy a llegar!»
En nuestra sociedad una de las primeras palabras que oímos es 'más', enseguida
nos enseñan un verbo (y utilizan el tiempo imperativo): 'corre'. Y esas dos
expresiones, esos dos campos semánticos, a los que se atribuye un determinado y
muy restringido significado, nos esclavizan y condicionan toda nuestra existencia.
La razón es sencilla: no nos advierten de que 'más' no es sinónimo de mejor,
que correr no es siempre la mejor solución y que siempre hay que saber cuál es
la dirección, cuál es el sentido.
La sociedad industrial capitalista se basa en producir más, consumir más y
buscar el máximo beneficio. Lo que ocurre es que esa tríada no lleva a un mayor
bienestar. Como sabemos, esa ideología sí ha producido un impresionante
crecimiento científico-tecnológico y un gran aumento de los bienes materiales,
pero también constatamos que el mismo ha tenido lugar a costa de un grave
deterioro de la Naturaleza (extinción de especies animales y vegetales,
contaminación del medio ambiente), de la explotación de millones de seres
humanos (de naciones enteras) y, por otra parte, de la alienación generalizada
de los trabajadores-consumidores de los países industrializados. ¿Puede
llamarse a este resultado progreso?
En nuestro mundo es muy común escuchar, como si fuera un elogio, la expresión:
«es una persona muy trabajadora». La frase, que encierra toda la lógica de la
sociedad industrial capitalista, la tenemos tan interiorizada que la admitimos
sin ninguna objeción; pues bien, deberíamos caer en la cuenta de que el mensaje
elogioso debería ser muy distinto: trabaja «lo justo» y dedica sus capacidades
y energía a actividades «más elevadas» como el disfrute personal, el encuentro
con los demás y con el entorno.
Aclaremos las cosas, nadie discute que es necesario trabajar para sufragar los
gastos que implica satisfacer las necesidades básicas, pero sí puede
cuestionarse una dedicación al empleo con el único propósito de comprar
artefactos que apenas disfrutamos y de los que perfectamente podemos
prescindir. Nos sobran centímetros cúbicos en nuestro coche, no utilizamos la mayor
parte de la potencia del equipo de música, infrautilizamos el ordenador, la
enciclopedia de 30 tomos nos sirve para poco más que para llenar la estantería,
y la mayoría de nuestra ropa se nos pasa de moda antes de que se empiece a
desgastar. ¿No habría sido mucho más lógico en lugar de trabajar tanto para
comprar objetos que no necesitamos, y que como todos comprobamos no nos hacen
más felices, disponer de más tiempo para dedicarlo a que aquello que sabemos
que realmente nos satisface: estar con los otros, disfrutar de un libro,
contemplar un paisaje?
La escuela (y el resto de los agentes de socialización primaria) deberían
educar para el trabajo y, también, para el ocio y el desarrollo de todas
nuestras capacidades. La formación 'integral' del individuo no debería olvidar
los dos últimos ámbitos mencionados, pero, por el contrario, los recursos, el
tiempo, el esfuerzo y la preocupación de instituciones y familias se dedica,
casi en su integridad, a que el niño y el joven aprenda a trabajar («para que sea
un hombre de provecho» se decía antiguamente), olvidando que además de ser útil
a la máquina productiva el individuo tiene el derecho (y la obligación) de ser
feliz. Claro que debe transmitirse a los niños el valor del trabajo;
trabajando, además de poder pagar la hipoteca, logramos autonomía,
desarrollamos nuestras capacidades intelectuales o creativas (obviamente eso no
ocurre en todas las actividades) y, además, contribuimos al desarrollo
individual y social. Pero, sin más, el trabajo por el trabajo, es una gran
equivocación. Trabajar para cambiar de coche es caer en la trampa de la
sociedad de consumo de masas. Olvidarnos del cultivo de nuestras otras
capacidades, no atender a las necesidades afectivas y de relación social, por
poder comprar un vehículo que cause la envidia al vecino (como nos propone la
publicidad) es un modelo de vida estúpido y perjudicial para el individuo.
Uno de los personajes de este teatro del mundo a quien nunca he comprendido es
al ambicioso. Buscar riquezas, poder, dignidades o fama siempre me ha parecido
una meta equivocada y, además, nada atrayente. Por supuesto, son dignos de
admiración los que se esfuerzan en hacer su labor cada vez mejor y, así, además
de encontrar la satisfacción personal de la superación, poder aportar un
trabajo, un avance científico o una obra de arte más relevante, pero, salvo muy
raras excepciones, las personas que he conocido con ese interés nunca han
ambicionado riquezas, reconocimientos, ni cargos de poder. Lao Tse, en el Tao
Te King, dijo: «Los objetos valiosos no dejan conciliar el sueño a quien los
posee. Por eso el sabio se preocupa de lo interior y no de lo exterior».
Se ha dicho muchas veces que uno de los males de la sociedad industrial es la
prisa, pero ¿prisa para qué? y ¿a dónde vamos con tanta prisa? Seguro que
ustedes se acuerdan de la historia que contaba Gila del turista: se montaba en
un autobús y visitaba (en grupo-masa) varios países y decenas de monumentos en
muy pocos días. Todos nos hemos reído con la descripción que el genial cómico
hacía de esos turistas que, corriendo corriendo, se subían y bajaban del
autobús, dormían en muchos hoteles, y veían (sin ver) sin entender nada muchos
paisajes. ¿No caemos en esa torpeza muchos de nosotros?
La prisa es un 'invento' de nuestra sociedad. La sensación de que nos faltan
horas, la angustia por no llegar a tiempo, el estrés por las muchas cosas que
tenemos que hacer, son rasgos característicos de nuestro mundo. A la expresión:
«está perdiendo el tiempo» se le ha dado una connotación negativa ¿pero qué es
perder el tiempo? ¿no se alude siempre a un tiempo para trabajar?, por el
contario ¿no es una buena opción dedicar tiempo a la contemplación? En
ocasiones escuchamos como signo de satisfacción la frase «tengo la agenda
apretadísima, sin un sólo hueco», ¿no es una muestra de esclavitud? ¿no es un
indicador de estupidez? La agenda y el reloj de pulsera son nuestros amos.
Existe un vinculo estrecho entre la vida en la ciudad y la prisa, mientras que
la vida en una zona rural es sinónimo de tranquilidad. Cuando la gente que vive
en el pueblo acude a la ciudad (y también muchos inmigrantes) enseguida señalan
que les molesta que todo el mundo vaya corriendo, de inmediato perciben que el
ritmo de la vida de la ciudad no es sano y comentan: «la gente no saluda, las
personas no se paran con el vecino, caminan sin fijarse...». El ritmo de la
vida urbana nos hace olvidar que tenemos una necesidad, que es parte de nuestra
naturaleza: estar con los otros.
Sosiego, calma, atención, tiempo, son necesarios para saborear una comida, para
disfrutar de la lectura, para contemplar un atardecer y para amar. El placer y
las prisas son términos antagónicos.
León Felipe escribió: «porque no es lo que importa llegar solo ni pronto, sino
llegar con todos y a tiempo».También la sabiduría popular ha advertido: «La
prisa no es buena consejera», «A camino largo, paso corto,» «vísteme despacio
que voy con prisa».
En estos momentos quizá sea oportuno recordar a José Hierro: «Era ilusión lo
que creía todo y que, en definitiva, era la nada». Tengamos en cuenta la voz de
los poetas.