JUAN CARLOS ZUBIETA IRÚN/TALLER DE SOCIOLOGÍA. UNIVERSIDAD DE CANTABRIA
Todos hemos dicho u oído la frase: «Tiene razón, pero le pierden
las formas», y también: «Sí, habla mucho pero no dice nada». Estamos en el
dilema entre el fondo y las formas. La habilidad está en saber combinar
adecuadamente los dos componentes. Pero no es sencillo. Habitualmente, en la
discusión política, en el enfrentamiento laboral, en la pelea con el familiar y
en el simple intercambio de pareceres con un amigo o un conocido, nos
aproximamos a uno de esos dos extremos. Claro, la situación ideal es que en
nuestra interacción con los otros reunamos los dos componentes en equilibrio:
que nuestros argumentos sean sólidos y que los expongamos de manera atractiva y
respetuosa, pero no es fácil.
Aunque se trata de un asunto conocido por todos, se ha puesto de relieve a raíz
de los debates de los líderes políticos. Los críticos de Zapatero han dicho que
sus buenas formas esconden un discurso vacío y una ausencia de criterios.
También, desde sus propias filas le han reprochado falta de firmeza (le han
llamado 'Bambi', aunque después, al observar algunas de sus decisiones, han
rectificado señalando que no es de peluche sino de hierro). Por el contrario,
sus partidarios han subrayado como una característica relevante el buen talante
y su predisposición al pacto y al dialogo, frente a las formas secas, imperativas
y duras (agrias dicen algunos) del anterior presidente. De Rajoy se señala cómo
con la ironía y el 'humor gallego' logra expresar críticas fuertes sin molestar
(de él han dicho que se comporta según la máxima 'mano de hierro en guante de
seda'). Pero, como hemos dicho, la discusión sobre el fondo y la forma se
presenta en todas las interacciones cotidianas.
¿Qué utilidad tiene en las relaciones humanas el cumplimiento de las formas?
Para ordenar las interacciones con los otros, para favorecer la convivencia y
evitar (o resolver) los conflictos, los diversos grupos han establecido una
serie de pautas culturales de comportamiento. Estas pautas nos dicen cómo obrar
en cada momento; constituyen un modo de obrar, y también actúan como una norma.
Nos orientan y nos obligan. Las llamadas 'normas de educación' son protocolos
sobre cómo actuar en cada situación. Así, por ejemplo, en nuestra cultura, será
muy criticado por infringir la norma quien eructe en la mesa, y también se
indicará que no es correcto preguntar a un desconocido a qué partido ha votado
o cuánto gana al mes. Si nos comportamos según las formas consensuadas dirán
que somos educados, si no respetamos esas normas nos llamarán maleducados o
brutos. La familia y la escuela han sido tradicionalmente las instituciones que
han enseñado las normas de educación; además, el grupo que está en el poder
trata de imponer lo que es correcto y lo que no lo es, y utiliza el manejo de
las formas como instrumento de distinción y de dominio. Así, en nuestra
cultura, la burguesía ha prescrito cuál es la ropa elegante, cómo se debe
saludar y qué expresiones deben o no utilizarse (este grupo ha organizado
escuelas especiales para que sus hijos adquirieran los 'buenos modales' y ha
redactado manuales de cortesía y protocolo).
Infringimos el cumplimiento de las formas, perdemos los papeles, olvidamos cuál
es el comportamiento correcto, debido a factores muy diversos: la personalidad,
la trascendencia del asunto, la pasión del momento o los antecedentes de la
relación interpersonal habida con nuestro interlocutor. Hay individuos
vehementes que casi siempre se expresan de forma exagerada; otros se exaltan
cuando se tratan ciertos temas; hay quien se enciende sólo cuando está frente a
determinada persona; también hay quien posee algún rasgo de personalidad
autoritaria y no sabe admitir que otros le lleven la contraria. Algunos, ante
su falta de argumentos, creen que por levantar la voz van a tener más razón.
Pero aunque todo el mundo admite que ciertas formas son fundamentales para que
las relaciones puedan llevarse a cabo de manera armónica, también la
generalidad denuncia las situaciones en que las formas esconden una falsedad:
refranes como: 'Las apariencias engañan' y 'el hábito no hace al monje' aluden
a la utilización de las formas como mecanismo para ocultar, disimular o
engañar. Con gran dureza los Evangelios se refieren a los 'sepulcros
blanqueados' y a los hipócritas que de cara al exterior, al juicio de los
otros, se dan golpes en el pecho pero que realmente sólo se mueven por el
egoísmo personal. Todos conocemos a charlatanes que dominan el arte de la
retórica, que 'disparan con balas de fogueo', que hablan 'a humo de paja' o que
sus convicciones son de 'cartón-piedra'. También, todos nos hemos encontrado
con individuos que son 'amigos de todo el mundo' y enseguida concluimos que su
excepcional comportamiento se debe a que es falso o a que sus criterios son
superficiales, ya que la experiencia cotidiana nos dice que decir sí a algo
significa decir no a otra cosa. Se dice que una persona es 'muy política'
cuando hace muchas promesas pero luego no las cumple.
Por supuesto, estoy de acuerdo con la idea de que en cualquier ámbito de las
relaciones personales debe atenderse al fondo y a las formas (en el punto medio
está la virtud dice la sabiduría popular), pero cada vez me inclino más a
prestar atención al fondo y a desconfiar del envoltorio. Quizá sea por reacción
a esos que por no molestar y por no significarse no protestan, y a esos que no
se pronuncian por el peligro de que se empañe su imagen (en ocasiones la causa
es más simple: carecen de opinión); es posible que mi postura se deba al
rechazo a la tiranía del comportamiento políticamente correcto, a la frustrante
experiencia de una nueva cocina sin 'fundamento' o a conocer demasiados
inútiles objetos de diseño. Lo admito, cada día me voy más hacia un extremo,
cada día soy más maleducado, cada día me revienta más la sociedad de la
apariencia y del simulacro. «Si nos comportamos según las formas consensuadas
dirán que somos educados, si no respetamos esas normas nos llamarán maleducados
o brutos»
Diario Montañes (03-03-05)