Ni
alambradas ni donativos
JUAN CARLOS ZUBIETA IRÚN/TALLER DE SOCIOLOGÍA DE LA UNIVERSIDAD
DE CANTABRIA
Publicado en el Diario Montañés
Hace unos días sonó la voz de
alarma: ¿nos invaden!, ¿asaltan nuestra fortaleza! Cientos de
negros, pobres, sucios, hablando en otra lengua, saltan el muro, y muchos
más quieren entrar. Ya no son unas decenas los que se embarcan en una
frágil patera, ahora vienen a centenares, en avalancha. Y cunde el
temor: ¿hay que pararlos!, ¿no se puede permitir! Y urgentemente
se toman medidas: una verja más alta, de seis metros, y un alambre
de espino más fuerte (ya se sabe que el alambre normal no les detiene,
aunque les desgarre la carne siguen saltando); y más policías,
y además el ejercito. Mientras, los que se ocupan de la política
responden en términos tan constructivos como: "la culpa es vuestra,
con la ley que habéis aprobado se ha producido el 'efecto llamada'",
"pues con vosotros estaban sin papeles y explotados", "ustedes
no han ido ni a visitar a los refugiados". El elevado nivel de la discusión
política también toma otros derroteros: "el gobierno tiene
la culpa por su mala política exterior", "Marruecos tiene
que controlar sus fronteras", "vamos a celebrar una cumbre para
tratar el problema". Junto al sofisticado debate de los políticos,
también se escucha un comentario en los bares: "no podemos dejar
pasar a todos".
Por otro lado, TVE celebra una gala solidaria coincidiendo con la fundación de la FAO, la agencia de las Naciones Unidas para combatir el hambre en el mundo. Y la rubia presentadora, que ayer puso su sonrisa para hablar de las vacaciones de un famoso, y que también nos vende la estancia en unos magníficos hoteles y apartamentos para pasar unas maravillosas vacaciones, ¿qué guay!, hoy dice: "es un placer intentar recaudar mucho dinero. Vamos a procurar que sea una fiesta de la solidaridad". Y David Bustamante y Boris Izaguirre, entre otros artistas, animan, desinteresadamente, la gala. Por supuesto, la respuesta de los españoles es, como siempre, generosa: llaman por teléfono para dar su donativo y se alcanza una cifra récord. Ya se sabe, el pueblo español nunca defrauda.
Perdonen ustedes si el tono irónico me ha salido demasiado burdo, lo que ocurre es que el asunto es tan grave, tiene tanta trascendencia, nos interpela tanto, que me resulta muy difícil encontrar los términos apropiados. Para muchos, la miseria que padecen millones de personas en todo el mundo se ha hecho patente cuando los desfavorecidos han empezado a golpear con fuerza en nuestra puerta. Ya no podemos mirar para otro lado. El subdesarrollo nos afecta.
Los movimientos migratorios masivos no se van a detener ni con alambradas ni con donativos. Como ha ocurrido siempre a lo largo de la historia, la gente ha emigrado para huir de la pobreza, de la miseria, de la violencia, de la injusticia, de la falta de futuro. El hambre no se detiene con policías. Los desesperados seguirán buscando un hueco para colarse en el paraíso; no tienen nada que perder y pueden ganarlo todo. La muerte en la travesía no es peor que la muerte por hambre o por violencia en su tierra. El habitante de Níger, donde el 61% vive con menos de un dólar al día, no tiene porvenir, sabe que lo que vendrá mañana es más miseria. El "efecto llamada" no son las leyes, son las imágenes del paraíso: "vacaciones todo el año", "mejor ni lo sueñe", dice en el anuncio la guapa y simpática presentadora; ante ese reclamo ¿cómo no van a venir todos los desesperados del planeta? El mundo es uno. Eso de la globalización es una realidad. A la aldea donde se pasa hambre llega la música de la felicidad material. El olor de la abundancia traspasa la tela metálica. Y ya no se puede detener a la gente a la puerta de la fiesta. Todos quieren participar. Todos reclaman su parte de la tarta. Las aspiraciones de los hambrientos del mundo no se pueden parar. Sólo existe una opción: el desarrollo equilibrado de los pueblos.
A lo largo de la historia se han utilizado múltiples mecanismos para justificar las desigualdades y evitar el conflicto. Es preciso un sistema de legitimación para que exista orden social. Las diferencias se han legitimado con argumentos ideológicos o religiosos: "Dios lo ha querido así" (hay que advertir que en ocasiones la religión ha servido precisamente para todo lo contrario, para denunciar la desigualdad). Ocultando a los que tienen carencias la forma en que viven los que nadan en la abundancia: no se puede reclamar lo que no se conoce. La incultura, la ignorancia, la falta de análisis de la realidad socio-político-económica por parte del grupo de los más desfavorecidos hace que éstos no se revelen; por el contrario, a más cultura más capacidad crítica. Si al pueblo que padece una situación de carencia se le convence de que él mismo tiene la responsabilidad y la culpa de esa situación económica, social o política ("no os esforzáis", "sois vagos", "tenéis los líderes que os merecéis", etc.".) se logrará su sometimiento (y además se consigue que tengan una imagen negativa de si mismos lo que también reduce su capacidad de movilización); si al mismo tiempo el grupo privilegiado se cree esa responsabilidad de los otros, logrará sentirse cómodo con su bienestar. En nuestro mundo, en la sociedad meritocrática, en la sociedad occidental capitalista, lo que se proclama es que existe igualdad de oportunidades y que el esfuerzo y el mérito son los únicos responsables de la posición que ocupamos cada uno; si se admite ese principio y se cree que es el que realmente distribuye a cada uno en la estructura social entonces se consigue el consenso social, la armonía. Por supuesto, para mantener una situación de desigualdad y que los que están abajo no se revelen siempre está el recurso del uso de la fuerza; lo que ocurre es que este sistema es costoso y no demasiado eficaz: más tarde o más temprano estalla el conflicto. Pero, cuando la desigualdad es tan abrumadora como la que existe entre la vida en "nuestro mundo" y la de Mali o Burkina Faso, ya no es posible buscar mecanismos de legitimación, simplemente es insoportable. Las desigualdades excesivas siempre son injustas.
Como es sabido, existe una pluralidad de teorías que explican el subdesarrollo económico y, además, las causas varían de un país a otro. En primer lugar, influye el medio físico y los recursos naturales; los valores culturales pueden ser un obstáculo o un estímulo (como explicó Max Weber en "La ética protestante y el espíritu del capitalismo"); la inestabilidad política va en contra de la expansión económica; es sabido que la formación de la población, y específicamente la existencia de una clase empresarial, influye de forma muy importante en la economía; la dependencia financiera, industrial y tecnológica frena el desarrollo. Desde una posición marxista se indica que la explotación de los países del Sur por los países del Norte es muy semejante a la relación que existe entre la clase obrera y la clase capitalista. El comercio injusto y la deuda externa son otros dos factores mil veces denunciados.
Desde los años 60 se viene reclamando un nuevo orden económico internacional (pero muchos países del Norte siguen sin dar el 0.7 del PIB para ayuda al desarrollo -el objetivo de España es llegar al 0.5 en el año 2008-). En el año 2000 los gobiernos establecieron los Objetivos de Desarrollo del Milenio (los objetivos fueron ocho: erradicar la pobreza extrema, lograr la educación primaria universal, promover la igualdad de género, reducir la mortalidad infantil, mejorar la salud materna, combatir el sida, garantizar la sostenibilidad ambiental y fomentar una asociación mundial para el desarrollo); pues bien, en el pasado mes de septiembre, ante la 60 Asamblea de la ONU, celebrada para evaluar el logro de esos objetivos, numerosos observadores consideraron que los avances habían sido mínimos y, además, que los responsables de los países seguían sin asumir compromisos y establecer medidas para erradicar la pobreza. El titular: "la cumbre de la ONU decepciona" llenó todos los periódicos. Hace unos días, Rodríguez Zapatero y Dominique de Villepin declararon que propondrán al Consejo Europeo un plan integral para la inmigración que atienda a la seguridad de las fronteras y al desarrollo de los países del África subsahariana. ¿De nuevo quedará todo en palabras?, ¿serán otros objetivos incumplidos?
A estas alturas, sobre la miseria hay poco que hablar, sólo cabe erradicarla, y la única opción es el desarrollo. Para muchos, la miseria que padecen millones de personas en todo el mundo se ha hecho patente cuando los desfavorecidos han empezado a golpear con fuerza en nuestra puerta