JUAN CARLOS ZUBIETA IRÚN/TALLER DE SOCIOLOGÍA. UNIVERSIDAD DE
CANTABRIA
«¿Que por qué me río? Porque todo esto me resulta
indiferente»
Alberto Moravia, 'Los indiferentes'.
Si me lo permiten, les hablaré de tres sucesos que últimamente me han producido una cierta inquietud. Primero. Ocurrió hace unas semanas. Eran las 5.30 de la tarde. Yo circulaba en mi coche por una calle céntrica de Santander. Un grupo de unos siete adolescentes, de alrededor de 14 años, acababan de salir de colegio. En la acera, un hombre de más de cincuenta años con claros signos de estar bajo los efectos del alcohol, se cayó al suelo; intentaba levantarse pero tenía grandes dificultades. Los chicos le miraron, se rieron y siguieron su camino. También pasaron a su lado sin prestar ayuda otras tres o cuatro personas; por fin, un hombre mayor le ayudó a levantarse. Todo ocurrió en unos pocos instantes, en lo que dura un semáforo y los vehículos reemprenden su marcha. Me sentí mal, con una mezcla de rabia e impotencia. Tuve ganas de parar el coche en mitad de la carretera y llamar cuatro cosas a los jovencitos para ver si les quitaba la idiota sonrisa de su cara y llevarles de la oreja de vuelta al colegio, ya que evidentemente no han aprendido la educación-solidaridad más fundamental. Claro que quizá también habría que llevar de la oreja, otra vez a la escuela, a sus padres. ¿Alguien duda todavía de que la educación en valores es necesaria? ¿Cuándo nos convenceremos todos de que saber inglés, geografía, lengua y matemáticas es muy importante, pero que saber convivir es fundamental?
Segundo. En los últimos años cuando comienzo un curso les digo a mis alumnos que la clase es de las dos partes: yo tengo que cumplir con mi responsabilidad, y por tanto preparar e impartir las clases adecuadamente, y ellos también tienen la obligación y la responsabilidad de responder con corrección a su papel de alumnos. Es decir, les digo, la clave para que todo funcione es que mutuamente nos ayudemos, nos estimulemos y mostremos interés. De forma mucho más hermosa lo dijo José Luis Sampedro, en el año 2003, con ocasión del curso que impartió en la UMIP 'Escribir es vivir': «El éxito del curso se debe a la colaboración, a la motivación, a la asistencia y a la actitud de todos vosotros. Como en la ópera, si el público es propicio, el tenor canta bien, si no, no hay nada que hacer. Os lo agradezco de verdad. Me habéis dado muchísimo». Y es así, cuando un profesor tiene delante a unos alumnos interesados la actividad de dar clase es la más atractiva del mundo, y aprenden los dos: los estudiantes y el profesor. Cuando se da un encuentro intelectual y humano los dos interlocutores 'crecen'. Creo que nos pasa a la mayoría de los que nos dedicamos al oficio de tratar de enseñar: impartir una lección y ver que los alumnos aprenden y que te piden más y que de alguna forma te muestran un cierto reconocimiento es una experiencia muy gratificante. Hay quien dice que la autoestima del profesor crece, y sí, algo de eso hay, tener a gente que te escucha y que aprecia esas orientaciones es muy satisfactorio.
Pues bien, desgraciadamente, cada vez con más frecuencia me encuentro con alumnos que están en clase con una actitud de absoluta indiferencia. Entonces, cuando esa actitud abunda, dar clase se convierte en un trabajo; es decir, responde a la etimología de la palabra: tripalium (instrumento de tortura). En esos casos la alienación envuelve a la actividad docente: se pierde el sentido; se da la clase para cumplir; el malestar y la insatisfacción se apoderan del escenario, y se llevan a casa. Además, la indiferencia suele dar paso a la mala educación. Lo confieso con pena: últimamente me encuentro con demasiados alumnos que miran al frente con los ojos en blanco; con silencios clamorosos cuando haces una pregunta y con cabezas que buscan el suelo cuando se consulta si han traído el ejercicio acordado el día anterior. Además, hay gente que llega tarde y entra en clase sin hacer ningún gesto de disculpa, alguno bosteza recordando al león de la Metro, otro teclea en el móvil escondido tras un compañero y, como ha ocurrido siempre, algunos cuchichean. ¿Son comportamientos graves? Pues hombre, uno a uno, todos son disculpables (todos tenemos un mal día y, además, pretender que todos los estudiantes, permanentemente, durante varias horas, estén atentos e interesados es una pretensión excesiva: somos humanos). El problema es cuando los gestos de desinterés y las faltas de educación se empiezan a extender.
¿Qué puede hacer un profesor universitario, ante estudiantes adultos, que acuden voluntariamente a clase, cuando observa un desinterés que abruma? La respuesta de algunos es buscar fórmulas para 'motivar al alumno'. Con esta intención, se insiste en la necesidad de superar las 'lecciones magistrales', hacer las clases participativas, utilizar las nuevas tecnologías, realizar trabajos en grupo, analizar casos prácticos, hacer simulaciones, etc. Por supuesto, todas esas metodologías son valiosas y, sin duda, en la medida de lo posible, deben incorporarse al aula, pero, en mi modesta opinión, esa no es la única solución. Opino que además de todos esos cambios metodológicos hay que desarrollar una reflexión sobre lo que significa estudiar, sobre el proceso de enseñanza-aprendizaje, sobre la responsabilidad de profesores y alumnos y, también, sobre el placer de aprender (y el privilegio de poder hacerlo). Es decir, sí a los cambios metodológicos pero sin olvidar la reflexión sobre el significado de la educación. El título del libro de Lou Marinoff es muy expresivo: 'Más Platón y menos Prozac'; es decir, la 'solución' a muchos problemas existenciales no se encuentra en pastillas mágicas sino más bien en la reflexión serena.
Tercero. Salta el escándalo de Marbella y dos comentarios se han repetido: 1º, Lo sabía todo el mundo y 2º, La corrupción relacionada con la recalificación de terrenos y la construcción está muy extendida. A los programas de televisión (bastantes se han referido al problema con la misma sonrisa, con semejantes términos y con idéntica frivolidad con la que comentan la infidelidad de un cantante de moda) han llegado mensajes de SMS en los que se decían cosas como: «Lo mismo está ocurriendo en todo el Mediterráneo». «Y también en el Norte». «Que investiguen mi ciudad» Según mi humilde criterio no hace falta ser un experto en urbanismo, ni un conocedor de las leyes, cualquier observador con un mínimo de sentido concluye que hay mucho bandolero suelto. En ocasiones no existe delito urbanístico, pero sí un 'delito' a la estética y al sentido común (los ejemplos que podríamos poner en Cantabria son numerosos) ¿Cómo no somos capaces los ciudadanos de parar tanta corrupción y tanto deterioro del medio ambiente? ¿No vemos cómo se está destrozando la costa, los pueblos, las ciudades y el paisaje? ¿Qué vamos a dejar a las próximas generaciones? ¿Dónde quedan las invocaciones al amor a nuestro país, a la región y al pueblo, cuando permitimos impávidos que los especuladores despedacen la tierra de todos? ¿Hace falta que las autoridades europeas nos digan que el crecimiento urbanístico que se está produciendo en una importante parte del litoral es un disparate? ¿Es necesario que grupos ecologistas estén haciendo denuncias sin parar? ¿No hemos escuchado mil veces el concepto 'Desarrollo sostenible'? En definitiva, ¿cómo permanecemos tan indiferentes?
Los tres asuntos comentados son manifestaciones de la extensión de la indiferencia. Ese pasotismo se está convirtiendo en una plaga. El individuo asiste a los acontecimientos como si no fueran con él, como si a otros les correspondiera la tarea de actuar. La falta de responsabilidad es clara: «Que proteste otro, no vaya a ser que por pronunciarme acabe metido en problemas». Observamos despropósitos como si se tratase de un espectáculo, como si todo fuera virtual. El conformismo acrítico está tomando proporciones desmesuradas. La reivindicación ciudadana cada día es menos frecuente. Graham Green, al inicio de 'El americano impasible', hace una cita de A. H. Clough que refleja bien lo que estoy comentando: No me gusta conmoverme, porque la voluntad se excita, y la acción es siempre peligrosa; temo hacer algo equivocado. Por otra parte, junto al egoísmo irresponsable, se extiende una actitud de pesimismo que paraliza: «No se puede hacer nada», «Todos son iguales», «Yo qué voy a hacer» Esta actitud refleja una concepción según la cual el mundo está en manos de unos poderosos ante los que los ciudadanos están impotentes. Es decir, se olvida el valor y el significado de la sociedad democrática y de la participación; se olvida que la sociedad es una construcción de todos y que todos tenemos el deber y la responsabilidad de velar por ella.
¿Cómo cambiar las tendencias denunciadas
más arriba? Por supuesto, no tengo la fórmula, pero, para empezar,
no está mal acudir a las estrategias clásicas: educación
crítica, insistir en la responsabilidad individual, en la de todos, y
denunciar los despropósitos y la manipulación.