Atrás Comportamientos incívicos

JUAN CARLOS ZUBIETA IRÚN// TALLER DE SOCIOLOGÍA DE LA UNIVERSIDAD DE CANTABRIA

 

Ser civilizado, vivir en la ciudad, es convivir. Y para ello es necesario cumplir una serie de normas. Pues bien, parece que algunas personas (siempre son demasiadas) han 'bajado del árbol' hace poco y no se han acostumbrado a vivir en comunidad. Sí, por ahí hay mucho salvaje; hay gente que le cuesta convivir. Las normas a las que me refiero son fundamentales para preservar el orden, para evitar el conflicto, para procurar la armonía social, para facilitar la vida de grupo. No me refiero a grandes reglas, aludo a sencillas directrices que tienen que ver con comportamientos cotidianos, con actos habituales. Si respetamos esas elementales normas contribuiremos a hacer una sociedad más amable, si, por el contrario, se abandonan la vida ordinaria se hace más ingrata. Permítanme que les exponga algunos de los comportamientos y gestos que me molestan.

En mitad de una clase una alumna se dedica a escribir un mensaje en su móvil. Contemplo la escena. Los instintos me asaltan, pero me callo, quiero ser políticamente correcto: hay que ser compresivo con los alumnos y las alumnas, la represión está mal, podría herir su sensibilidad. Además, dicen algunos, existe la alternativa de tratar de razonar (a una alumna de más de veinte años) que su comportamiento no es correcto, pero, lo confieso, no soy capaz: si abro la boca lo más probable es que lance un exabrupto al 'angelito' (como creo que todavía se discute el sexo de los ángeles, pienso que en esta ocasión es correcto el término 'angelito').

Les aseguro que a mí me gustan los perros, pero cuando veo que esos animales hacen sus necesidades en mitad del parque y que sus dueños observan la escena, no recogen el excremento, y siguen caminando, tuerzo el gesto. En esos casos siempre me pregunto: ¿jugará el niño de este buen hombre en el mismo lugar que ha defecado su mascota? En el parque que está próximo a mi casa, el Ayuntamiento ha puesto un letrero que dice: 'Cuida tu parque'. Que pena, a estas alturas de la historia todavía hay que recordar a la gente que el parque es suyo, es nuestro. Hay gente que es muy celosa de la propiedad privada pero que no valora y defiende la propiedad de todos. En los municipios se establecen normativas para multar al que no se comporta de forma cívica. Dado que no ha funcionado la educación, hay que hacer uso del argumento represor ¿no es lamentable?

También me molestan los ruidos. La sociedad española es alegre, nos gusta la fiesta, disfrutamos reuniéndonos y charlando de forma muy animada (por cierto, ¿existe algún grupo humano que no se comporte del mismo modo?); es estupendo, pero en muchas ocasiones no tenemos en cuenta que, por ejemplo, la diversión nocturna debe ser compatible con el descanso del vecino. Y en esa falta de consideración con el vecino no incurren sólo algunos negocios de hostelería sino, lo que es más frecuente, el seguidor de Bisbal y su 'Bulería, bulería'. ¿Y qué me dicen del aficionado del bricolaje? Como buenos fieles de una religión, los amantes de la chapuza doméstica, se ponen el chándal y se pasan todo el fin de semana dándole al taladro y al martillo. Hace poco me contaban que en Ginebra habían multado a una persona porque, en domingo, estaba segando su jardín con una máquina a motor. Me dio envidia. Está bien que existan momentos para los fuegos artificiales y los petardos, pero también hay que dejar sitio al sagrado silencio.

Los niños son adorables. A veces. Eso sí, los del vecino lo son algo menos. Les cuento: estoy ojeando libros en una librería cuando entra una madre con dos niños de, aproximadamente, 8-10 años. Al instante, los niños se dedican a correr por toda la tienda; literalmente, el pequeño pasa entre mis piernas; sus voces y risas las escuchamos todos. La escena es encantadora. Está muy bien que los pequeños se familiaricen con los ámbitos de la cultura; hay que perder el miedo a los museos y a las bibliotecas; hay que eliminar las connotaciones de seriedad que antiguamente tenían los libros; hay que hacer todo lo posible para que todos los niños vean como algo cotidiano una librería. También defiendo el valor de la espontaneidad de los niños, en contraste con la infancia llena de represiones que nosotros padecimos. Pero, lo confieso, en ocasiones me acuerdo de lo que cantaba Serrat: "Niño deja de joder con la pelota". Sí, de lo que se trata es de encontrar la medida justa.

Todos paramos en segunda fila en alguna ocasión. Nos saltamos la norma por las prisas y por no encontrar un sitio cercano donde aparcar, es comprensible. Lo que ya cuesta más entender es que todos los días, en ciertas zonas, algunos conductores dejen el coche de forma que impiden la circulación. ¿Cómo es posible que la autoridad no diga nada a los que paran a las puertas del colegio o cerca del estadio de fútbol y, por el contrario, sea severa con la furgoneta que se detiene para llevar la mercancía a un comercio? Tampoco comprendo al conductor que se olvida de los intermitentes cuando gira en la rotonda y al que emula a Fernando Alonso ¿A dónde va con tanta prisa?, ¿no puede vivir sin el riesgo y la aventura?

Cuando voy al gimnasio y a la piscina, compruebo que un grupo significativo de los usuarios de esas instalaciones incumplen las más elementales normas de higiene; eso sí llevan una ropa de deporte muy 'fashion'. Llego a la conclusión de que una cosa es ser deportista y otra ser limpio. Lamentablemente, actividades y situaciones que son placenteras se ven afectadas por presencias molestas. Por cierto, ¿esas personas que no respetan a los demás serán las mismas que hacen caso omiso de las papeleras y tiran los papeles al suelo? ¿Serán algunos de esos jóvenes que después de hacer el botellón, se marchan dejando el entorno lleno de bolsas, botellas y, también, de otros restos mucho más íntimos? ¿Serán de los que dejan su rastro grabado en bancos y en árboles y que pintan en cualquier pared? Sospecho que sí, que los protagonistas de las distintas faltas de respeto que he mencionado son los mismos: el que no respeta al vecino, tampoco cuida el parque y, él o su hijo, conduce sin preocuparse del resto del mundo.

La explicación de los comportamientos descritos, y otros muchos que seguro que usted, amable lector, podrá señalar, está en que algunos se olvidan de la elemental norma de convivencia que es respetar al prójimo. Y eso es un signo de egoísmo; es una demostración de falta de educación, es un rasgo de salvajismo. A esos individuos habría que recordarles que su libertad termina donde empieza la del vecino. Sí, la libertad, tiene límites. Y la libertad va unida a la responsabilidad. Claro que las pequeñas molestias que acabo de citar no pueden situarse al lado de los grandes problemas sociales, pero la vida también está hecha de esos y otros mínimos gestos y comportamientos cotidianos.

¿Me estaré volviendo muy quisquilloso? ¿Será que hay muchos mal educados? ¿Será que abundan los caraduras? Está bien que existan momentos para los fuegos artificiales y los petardos, pero también hay que dejar sitio al sagrado silencio. Los niños son adorables. A veces. Los del vecino son algo menos