JUAN CARLOS ZUBIETA IRÚN/TALLER DE SOCIOLOGÍA DE LA UNIVERSIDAD
DE CANTABRIA
Publicado en el Diario Montañés
Cuando era niño, en el colegio, trataron
de inculcarme eso de "respetar a los mayores en edad, dignidad y gobierno".
Más tarde comprendí que la lección tenía varias
lecturas y que una de ellas no era del todo inocente, que en el contexto autoritario
en el que se enseñaba existían fuertes connotaciones de un intento
de lograr el sometimiento acrítico al poder. Más tarde comprendí
que hay gobiernos que no se han ganado el respeto, y que sólo inspiran
temor, y también que hay personas que ocupan puestos de alta dignidad
sin ningún merecimiento, y que la edad, por si sola, únicamente
representa el paso del tiempo. Dicho de otra forma, que el respeto, de forma
genérica, se le debe tener a cualquier individuo. Ahí es dónde
quiero ir: ¿no creen que hay demasiadas personas que no tienen consideración
con el vecino? Y esa falta de respeto se comprueba tanto en personas que ocupan
puestos de "alta dignidad" con sus subordinados, como en individuos
que ocupan posiciones 'bajas' con los de 'arriba' y con los de al lado. Seguro
que no soy el único que ha observado a 'altos' catedráticos
que se dirigen al conserje sin mirarle a la cara y utilizan un llamativo 'usted'
para evitar familiaridades y marcar distancias. En el mismo sentido, los que
trabajamos en la enseñanza vemos a estudiantes que tiran basura al
suelo sin importarles que las limpiadoras tendrán que recogerlo o molestan
al profesor sin tener en cuenta que éste debe esforzarse en la tarea
de enseñar y que no está ahí para vigilar a nadie (algunos
jovencitos no se dan cuenta del daño que hacen a los profesores con
sus 'simpáticas' ocurrencias). Y qué decir de ese cliente que
piensa que como paga puede mandar y ser impertinente con la persona que tiene
al otro lado del mostrador.
Los ejemplos que cualquiera puede citar sobre la falta de consideración con los semejantes son, desgraciadamente, numerosísimos y lo peor es que normalmente los observamos sin inmutarnos (sobre todo si afectan a otros): ¿quién es el responsable de esa fila de inmigrantes en la calle, a la intemperie, hora tras hora, para tratar de resolver un trámite administrativo?, ¿o de ciudadanos que quieren renovar su DNI? ¿Los dirigentes de una organización no deberían valorar y reconocer el trabajo cotidiano de los trabajadores que durante años han cumplido con su obligación?, ¿qué ocurre con ese jefe que hoy pide un esfuerzo gratuito a un colaborador y que mañana se olvida de quien tuvo esa generosa dedicación? (¿Qué poca memoria existe en las organizaciones!) ¿Qué pasa con el joven "triunfador" que no se acuerda de los que le han abierto el camino? ¿Qué decir de ese marido que no tiene en cuenta la labor ingrata del ama de casa y de esos hijos que no tienen presente los sacrificios de los padres? ¿Tienen un detalle los responsables de las ONGs con el voluntario que cotidianamente pone su trabajo e ilusión? Debido seguramente a la vorágine del trabajo, ¿no se olvidan algunos sanitarios de que bastantes pacientes sufren con especial intensidad el temor a la enfermedad, la intranquilidad por estar en una situación de indefensión en un ambiente extraño, y la falta de intimidad?, ¿no agradecemos todos, cuando estamos enfermos, un trato más personal, un gesto amistoso? Por otro lado, en la vida cotidiana las muestras de comportamientos poco cívicos (en el tráfico, en la fila para comprar el pan, el vecino con el volumen de su televisor...) son incontables. Y todo eso provoca que la convivencia sea muchas veces ingrata. Lo dicho: los casos de falta de consideración son muchos y se encuentran en todos los ámbitos de relación.
La idea es sencilla: el respeto
se debe a todo el mundo; va mucho más allá de las jerarquías.
Considerar al otro implica creer que todos somos iguales y, por tanto, que todo
el mundo es digno de atención. Dicho de otro modo, no reconocer al otro,
no ponerse en su lugar, es una manifestación de soberbia y de egoísmo,
y a los que se comportan de esa manera habría que reprenderles por no
saber convivir (A. Pérez-Reverte lo diría de forma más
clara y más fuerte). A muchos habría que recordarles que el vecino
"también existe", y que no debe tratarse a nadie como si fuese
un instrumento para lograr un objetivo, como si se tratase de un útil
que es prescindible cuando ha sido usado. La sociedad capitalista ha transmitido
la idea de que los seres humanos son piezas para el funcionamiento de la maquinaria
industrial y que para lograr el máximo beneficio pueden ser apartados
o sustituidos, y lo más grave de esa concepción es que la práctica
del 'usar y tirar' se ha extendido a todos los ámbitos de las relaciones
personales. Demasiada gente, en demasiadas ocasiones, no tiene presente que
el que está al lado, el otro, también debe ser tenido en cuenta,
debe ser reconocido, que no es de piedra, que tiene su corazoncito y que, por
tanto, es digno de respeto. Eso es la educación: respeto al otro por
el simple hecho de que es igual que yo. Y ahora sigamos hablando de fútbol
y de las peleas de los partidos políticos, que para algunos es lo único
importante. El respeto se debe a todo el mundo; va mucho más allá
de las jerarquías. Considerar al otro implica creer que todos somos iguales
y, por tanto, que todo el mundo es digno de atención