Atrás Las ayudas a la implicación en el desarrollo

JUAN CARLOS ZUBIETA IRÚN/TALLER DE SOCIOLOGÍA. UNIVERSIDAD DE CANTABRIA

Publicado en El Diario Montañes el 19-1-06



Hay días en los que algo te revuelve el estómago, o te encoge el alma, o te impresiona de forma singular, o te hace pensar. A mi me sucedió hace unos días. Conocí una historia extraordinaria. Se trata de la vida cotidiana de Basilio Vargas. Basilio tiene 14 años y desde los 10 trabaja en una mina de plata en Potosí, Bolivia. La mina, que está siendo explotada desde la época de la llegada de los españoles, se llama 'Cerro Rico', pero se la conoce por 'La montaña que come hombres vivos', la descripción no puede ser más explícita. El jefe de Basilio lo tiene muy claro: «Aquí sabemos que vivimos pocos años, que sacrificamos la vida por la familia. El minero no tiene futuro, tiene una vida corta, se muere de silicosis». Basilio explica su situación con gran claridad: «Si yo tendría un padre no estaríamos en la mina, no estaríamos en el cerro, estudiaríamos y estaríamos en la ciudad. Si yo tendría un padre, pero no lo tengo». También tiene muy claro su proyecto de vida: «Mi plan es trabajar en la mina durante seis meses y después vamos a bajar a la ciudad y buscar un trabajo menos duro. Yo quiero estudiar y no estar en la mina» (el problema, la realidad, es que muchos de los 800 niños que trabajan en Cerro Rico nunca dejarán la mina). Basilio vive -mejor dicho, sobrevive-, en el cerro, al lado de la boca de la mina, en una especie de cabaña, junto con dos hermanos pequeños -a uno le enseña el oficio de minero- y su madre. El dinero que gana jugándose la vida, en unas condiciones infrahumanas, es fundamental para el mantenimiento de su familia. Para poder pagarse los estudios y comprar el uniforme escolar toda la familia ahorra hasta de la comida. Basilio está orgulloso de ser minero y cuenta que cuando el día de la fiesta de la localidad desfila con un grupo de niños mineros la gente les dice: "Así mineritos, sigan para que nuestra Bolivia siga adelante".

La historia anterior la conocí en un documental de la segunda cadena de la TVE; el reportaje se titulaba 'La mina del diablo'. Al mismo tiempo, en una cadena privada, un grupo de periodistas explicaban, discutían, juzgaban y pontificaban, con gran pasión, sobre el posible divorcio de un aristócrata que al parecer se gana la vida montando a caballo. También juzgaban, de nuevo con gran ardor, la supuesta infidelidad de una actriz porno que es pareja de un personaje famoso. Como puede verse, la programación es muy cruel. Parece una metáfora de las desigualdades de nuestro mundo: mientras que en unos lugares del planeta unas personas se dejan la infancia y la vida en el trabajo, en las sociedades 'desarrolladas' se habla de naderías y se adormecen las conciencias de los teleespectadores. Mientras que los niños mineros mastican la hoja de coca para poder soportar las duras condiciones del trabajo, otras personas esnifan cocaína para que la juerga continúe (y quizá para ocultar su sinsentido vital). Las imágenes que se emitían en una y otra cadena de televisión reflejaban una dualidad que hacía daño: los ojos y el rostro de Basilio transmitía bondad, verdad, humanidad. Por el contrario, las palabras, el "entusiasmo", la 'pasión' de los razonamientos, los gestos y las ropas de los que participaban en la tertulia, sonaban huecos, vacíos; la hipocresía lo enmarcaba todo. Lucha por la vida, frente a derroche e inmoralidad. Sí, ya sé que en Bolivia y en otros países del denominado 'Tercer mundo' no todo es miseria, que también se puede contar la historia de las clases medias (muy reducidas) y de las grandes fortunas (bastantes de ellas fruto de la corrupción y poco implicadas en el desarrollo de su propio pueblo); de la misma forma que podemos hablar de que en nuestras sociedades ricas hay mucha gente que pasa necesidades y también de que muchas personas son honradas y dignas.

En estos días, alrededor de la Navidad, en el opulento occidente también se producen dos imágenes, dos comportamientos y dos actitudes: por una parte, consumo desmesurado, compras sin sentido, derroche; por otra, se realizan gestos que parecen indicar que nos preocupamos de los más desfavorecidos: la campaña 'Un juguete una ilusión', 'Operaciones Kilo', 'galas solidarias' etc. son algunos de estos gestos; además, también hay muchas personas que, individualmente o agrupadas en asociaciones, sienten que deben ayudar. A nadie se le escapa que detrás de campañas como las citadas y de los gestos de ayuda existen intenciones muy variadas: en ocasiones los promotores desean obtener prestigio social -y de paso realizan un programa de televisión-; a veces damos una ayuda para tranquilizar nuestra conciencia y seguir consumiendo; por supuesto, también hay sinceros gestos de solidaridad como resultado de una reflexión sobre las carencias que sufren muchos millones de personas. En cualquier caso, yo, lo siento, soy muy escéptico con respecto a esas acciones esporádicas.

Desde una perspectiva más general, empieza a ser común que los gobiernos -el central, los regionales y los ayuntamientos-, las universidades y otras organizaciones, destinen algunos recursos a 'ayuda al desarrollo' (en ocasiones algunos sospechamos que esas 'ayudas' vienen a ser como la guinda del pastel, un adorno para que la imagen sea la adecuada). Está bien, es un avance, pero el cambio debe ser mucho más importante, debe ser cualitativo, hay que pasar de las 'ayudas' a una implicación decidida en el desarrollo. Los capítulos de ayuda al desarrollo no pueden ser algo marginal, deben constituir un elemento central de las diversas políticas. Además, deben implicar a los responsables políticos, a los gestores de las organizaciones y también al conjunto de la sociedad. Deben cambiar las actitudes y la forma de pensar. Hay que socializar a los individuos, desde la familia, la escuela y los medios de comunicación, transmitiendo el valor de la solidaridad y la corresponsabilidad en la suerte del resto de los seres humanos. La globalización no debe ser equivalente a: grandes corporaciones multinacionales (que "deslocalizan" la producción pensando sólo en el beneficio económico y no en el empleo), transferencias de capitales, la misma película en las televisiones de todo el mundo y comprar por Internet; la globalización debe implicar que no existan las actuales diferencias en el desarrollo de los pueblos. De la misma forma que el actual desarrollo tecnológico y tipo de sociedad es insostenible para la vida en el planeta, el desequilibrio entre nuestra riqueza y la miseria de millones de seres humanos también es insoportable. Está muy bien eso de la alianza entre civilizaciones, pero tiene que ir unido a otros dos pactos: uno entre seres humanos y otro de los humanos con la naturaleza.

Permítanme que termine citando a tres grandes conocedores de la realidad de América Latina que se han comprometido con el destino de los más pobres. En opinión de Leonardo Boff, para dar un 'rostro humano' a la globalización es necesario que cuatro principios rijan nuestro mundo: la hospitalidad, la convivencia, la tolerancia y la comensalidad. Por su parte, Ignacio Ellacuría propuso 'La civilización de la pobreza', frente a la civilización de la riqueza y ante las desigualdades; este nuevo modelo de sociedad «rechaza la acumulación de capital como motor de la historia y la posesión-disfrute de la riqueza como principio de humanización, y hace de la satisfacción universal de las necesidades básicas el principio del desarrollo, y del crecimiento de la solidaridad compartida, el fundamento de la humanización». Por último, Jon Sobrino, analizando la propuesta de Ellacuría, subraya que nuestro mundo rico ofrece el buen vivir al precio de la miseria, opresión e indignidad de pueblos enteros. Además, citando a Leonardo Boff, dice: «Cuando juzguen nuestro tiempo, las generaciones futuras nos tacharán de bárbaros, inhumanos y despiadados por nuestra enorme insensibilidad frente a los padecimientos de nuestros propios hermanos y hermanas».