Ir página principal ¿Por qué se habla tanto de fútbol?


JUAN CARLOS ZUBIETA IRÚN/TALLER DE SOCIOLOGÍA. UNIVERSIDAD DE CANTABRIA
Publicado en El Diario Montañes del 27-06-06


Lo confieso: no he visto el partido de España con Ucrania y tampoco conozco el nombre de ningún jugador del Racing. Y no lo digo para llamar la atención: hace tiempo que se ha superado el prejuicio de que todos los aficionados del fútbol son individuos con poca formación, algo brutos y que no saben hablar de otra cosa que de cómo ha jugado su equipo, mientras que, por el contrario, las personas de "categoría" tienen otras aficiones más selectas: la música clásica, la novela (por supuesto siempre despreciando al best seller y, en consecuencia, al 'Código' de Dan Brown) y, si nos referimos a los deportes, la hípica o la vela. Como recuerda el Instituto Cervantes en un ciclo de conferencias sobre 'Fútbol y literatura', grandes narradores y pensadores del siglo XX han prestado atención a este deporte: Borges, Neruda, Kundera, Vargas Llosa, Cortázar, Eco, Vázquez Montalbán, Cela, Javier Marías, E. Galeano y muchos otros. En 1986, el futbolista y después entrenador J. Valdano se refirió, en las páginas de la Revista de Occidente, a 'El miedo escénico', y desde las Ciencias Sociales, también en nuestro país, Vicente Verdú escribió 'Fútbol: mitos, ritos y símbolos'. Para concluir esta dispar relación de nombres puede ser oportuno prestar atención a los títulos de algunas de las contribuciones a la obra colectiva 'Fútbol y pasiones políticas': 'Un hecho social total' (I. Ramonet), 'Un resumen de la condición humana' (F. Brune), 'Una religión laica' (M. Vázquez Montalbán), '¿Un deporte o un ritual?' (M. Augé), 'Una apuesta económica' (J. F. Nys). Si nos detenemos en el ámbito de la política, los asesores de imagen saben que es bueno que el líder entienda de fútbol e incluso que interrumpa su trascendental gestión y debate para ver un partido, así muestra su cercanía al pueblo-votante: ya se sabe, los líderes también son humanos; eso sí, habrá quien haga una lectura política de la circunstancia de que Rajoy sea un seguidor del Madrid (¿el equipo representante del centralismo español?), mientras que Zapatero apoya al Barcelona, un equipo de la periferia (¿muestra así que aprecia la diversidad de España?). Por otra parte, también se ha superado el tópico de que «el fútbol es cosa de hombres» (hay quien dice que las jovencitas que acuden al campo se interesan más por los cuerpos de los jóvenes atletas que por sus habilidades técnicas, pero, si es así, ¿por qué criticarlo?, ¿no nos hemos liberado de la represión sexual?).

Decía que no sigo el fútbol, lo que sí me interesa es el fenómeno social que representa. A ello voy.

Igual que el Barcelona «es más que un club», el fútbol es mucho más que un juego. Es un fenómeno social de múltiples facetas: la deportiva, la económica y la política son las más evidentes, pero también se puede hacer una 'lectura' sociológica y psico-social.

De todas las funciones sociales del deporte en general y del fútbol en particular, seguramente las más importantes son las de integración y representación social. El equipo representa a la tribu y, por tanto, se le acompaña con todos sus símbolos: los colores, la bandera, el himno, el tótem (el toro impreso en la bandera o en la camiseta). Se trata del equipo de nuestro pueblo, de nuestra región, de nuestro país; por eso, todos, aunque no seamos aficionados, sentimos alegría cuando 'ganamos'. También por eso, es común que los gobernantes utilicen a los deportistas y a los equipos como imagen de la tierra y para reforzar el espíritu nacional. No ganan o pierden unos jugadores que ingresan mucho dinero por realizar una actividad profesional, quien gana o pierde es el país, nosotros conquistamos la gloria o somos humillados. El equipo nacional une a los pueblos; así, los aficionados del Betis y del Sevilla dejan sus diferencias y se unen cuando juega España. Por otra parte, el campeonato puede incrementar las rivalidades existentes. Se ha dicho que el enfrentamiento futbolístico es una representación simbólica de la guerra entre grupos (los aficionados, para ir a la 'guerra', se pintan el rostro con los colores tribales).

El estadio es un lugar de encuentro, y todo lo relacionado con el partido y los jugadores facilita las relaciones sociales. Cuando el equipo triunfa el hincha se abraza al desconocido de al lado que también alza los brazos, se hacen gestos de simpatía a aquel que luce nuestros mismos colores y se recela de quien porta otra bandera. Cuando al día siguiente del partido se recrea la jugada, se critica la mala actuación del árbitro, se ensalza a un jugador o, incluso, cuando de forma desenfadada el ganador se burla de los seguidores del equipo que ha perdido, el ambiente se relaja, se confraterniza, los individuos se unen en la discusión o en el acuerdo.

El partido se ve en grupo, en el estadio, en el bar de la esquina o invitando a casa a varios amigos. El juego y el resultado son importantes, pero el ambiente es fundamental. Leer es, básicamente, un acto solitario, íntimo, mientras que para disfrutar de un partido hay que sentir el calor humano, hay que emocionarse en grupo. Un anuncio de televisión, con gran ingenio, proclamaba: 'Por fin se acaban las vacaciones y comienza la liga', y es que para bastante gente el fútbol es una importante ilusión que rompe la gris cotidianeidad. Por cierto, todos conocemos a gente que habla de fútbol y de poco más.

El fútbol da la oportunidad de expresar en voz alta, a los cuatro vientos, nuestra emoción, y eso es sano. También sirve de catarsis ante algunas frustraciones cotidianas. Así, al menos una vez a la semana, en el estadio o frente al televisor, millones de personas pueden gritar, insultar, aclamar o condenar (sí, el árbitro y el equipo rival se convierten en chivos expiatorios). Por unas horas el público es el soberano, y cualquier aficionado está convencido de que posee más conocimientos que el entrenador; sentir esa autoridad, ese dominio, aunque sea fugaz, viene muy bien.

El fútbol mueve mucho dinero, es un gran negocio. Los sueldos de los astros del deporte son astronómicos, pero aún son mayores los intereses económicos que están detrás de la publicidad y de las retransmisiones deportivas seguidas por millones de espectadores. Un sector muy importante de los medios de comunicación y muchos de sus profesionales viven del fútbol. Por supuesto, muchos fabricantes de ropa y material deportivo se benefician del auge del fútbol y, además, la estética del deporte influye en toda la moda. Un partido de fútbol repercute económicamente, según los casos para bien o para mal, en sectores tan distintos como los restaurantes y las empresas de comida rápida y a domicilio, los teatros y los cines, los taxis, las discotecas y los locales de alterne.

Los futbolistas de elite son famosos y ricos, jóvenes y fuertes; son admirados y deseados. Representan el éxito. El peinado y la ropa que visten es imitada. Sus faltas son disculpadas, se ríen sus excentricidades. Están por encima de lo humano: son mitos, son héroes, y a algunos se les compara con dioses (Maradona). Constituyen un modelo, y los publicistas lo saben, y los niños lo dicen: «Quiero ser como Beckham»; por su parte, las adolescentes besan su fotografía y lloran de emoción cuando les tienen cerca.

Tanto la tarde-noche del ya famoso 4 -0 de España, como en los días sucesivos, los medios de comunicación terminaron con los adjetivos y con las metáforas: «España se paralizaba a las tres de la tarde». «Es un fenómeno que atraviesa a toda la sociedad; no ha sido una jornada laboral más». «Ni la política, ni el Estatut, el fútbol ha sido lo importante». «El gol se ha celebrado igual en Bilbao, Barcelona, Sevilla y Madrid». «La política se ha tomado un descanso». «Hay que festejar la alegría compartida». «La victoria de España sirve para oxigenar la vida de la sociedad que está muy crispada». «Es algo esperanzador; es lo que quisiéramos que pasara en España».

No me dirán que no es reveladora la 'lectura política' que han dado los medios de comunicación. Permítanme que continúe: el periódico 'El Mundo' informó de que desde el PSOE se destacaba el «triunfo de la España plural», mientras que desde el PP se insistía en el «legítimo orgullo de la nación más antigua de Europa», por su parte, el independentista Carod había dicho que prefería que el mundial lo ganase Polonia o Brasil. ¿No les parece un relato fantástico?

Qué lejos están las interpretaciones anteriores de las que dicen que el poder autoritario ha utilizado el fútbol de la misma forma que los romanos usaban el circo: para alienar a las masas y que éstas no se levanten ante la injusticia social. Franco en España, Videla en Argentina y otros muchos gobernantes utilizaron la competición deportiva para distraer al pueblo, evitar las críticas internas y exaltar el nacionalismo. Claro que también algunos destacan que en las actuales democracias formales el fútbol y otros espectáculos sirven para aliviar a la población del soporífero y lejano circo de la controversia ente los partidos políticos.

El fútbol es el 'paradigma' de los espectáculos de masas. En el estadio, junto a miles de aficionados, de hinchas, el individuo se convierte en miembro de la masa y se comporta como tal: se contagia de la emoción colectiva, vibra con el grupo, surge la unidad mental, aparecen los comportamientos impulsivos, las emociones simples, el alma primitiva. Los roles y las normas habituales quedan en suspenso y hay gente 'de orden' que pierde los papeles.

En el capítulo de las 'disfunciones' hay que referirse, evidentemente, a la violencia en el deporte, a los comportamientos agresivos entre seguidores de equipos contrarios y a los disturbios que provocan algunos pocos aficionados. ¿Cómo explicar estos «efectos colaterales»?, el anonimato y la sensación de impunidad que proporciona la masa y la desinhibición de los impulsos agresivos como consecuencia de la excitación emocional, son algunos de los argumentos más sólidos.

El fútbol es el espacio de la metáfora, el territorio de la épica, el ámbito de exceso, el marco del superlativo, la ocasión para el tópico, el lugar común y la simplificación. Un buen partido es sinónimo de emoción. Si los seguidores no vibran el espectáculo pierde gran parte de su sentido. El fútbol se vive fundamentalmente con el corazón. En la ceremonia del exceso, el seguidor llora, salta, se desespera, grita, hace la ola, canta; en un instante pasa de la felicidad al abatimiento, del elogio al insulto; ama a su ídolo y odia a los contrarios.

Claro que el aficionado admira la fortaleza y la habilidad física, por supuesto que aprecia la destreza técnica y valora una táctica inteligente, pero lo que le entusiasma, lo que le levanta del asiento es el gol inverosímil, la expulsión injusta. El fútbol es pasión, es incertidumbre, es un buen terreno para que juegue la suerte. El fútbol hay que sentirlo con el corazón; para disfrutar del fútbol hay que amarlo. Quien no se entrega a su equipo no podrá gozar (ni sufrir). Sin darnos cuenta, los términos del fútbol inundan nuestras expresiones cotidianas; así, fuera del contexto deportivo, decimos con normalidad que «estamos fuera de juego» cuando no encontramos nuestro lugar o no sabemos qué responder; si nos han engañado admitimos que «nos han metido un gol»; del que no arrima el hombro en el trabajo decimos que «no suda la camiseta»; cuando alguien se casa bajo la presión de un embarazo se comenta que «se casó de penalti» al impertinente le sacamos «la tarjeta roja»; cuando el político no responde a lo que le preguntan le acusamos de «tirar balones fuera» o admitimos que sabe «regatear» la pregunta.

Es muy reveladora la presencia de la jerga militar en las crónicas de un partido, parece el relato de un conflicto bélico: los partidarios de un equipo van al 'enfrentamiento', como si se tratase de una 'guerra', con la clara intención de 'derrotar' a los adversarios; el 'capitán' organiza a la 'escuadra' para que vayan 'a por ellos'; los delanteros son 'el poder ofensivo' y, en consecuencia, disparan "cañonazos", y ya se sabe, los buenos jugadores salen a 'matar', a 'arrasar' y, si es preciso, deben 'morir en el campo'.

Igual que para el guiñol de Jesulín todo es igual que un toro, en bastantes casos las expresiones de ciertos futbolistas y entrenadores constituyen una magnífica muestra de pereza mental (claro que en ocasiones es muy difícil dar un respuesta inteligente a una pregunta tonta); así, repiten una y otra vez eso de: «El fútbol es así», «Unas veces se gana y otras se pierde», «Si no se sale a ganar se termina perdiendo», «El partido no concluye hasta el minuto noventa», «No hay rival pequeño», etc.

Por cierto, una buena demostración del cambio de los tiempos y del progreso educativo y cultural de la sociedad española es que la imagen del futbolista con poca formación y sin facilidad de palabra está siendo olvidada.

Además de todo lo anterior, el fútbol constituye una buena parte de la crónica sentimental de nuestro país. En la memoria de muchos niños ocupan un lugar importante los partidos que jugaban con sus compañeros de colegio y la primera vez que su padre les llevó al estadio. Entre los mitos de la tradición cultural se encuentra el gol de Zarra, las paradas de Zamora y las retransmisiones de Matías Prats. ¿Cómo no vamos a hablar de fútbol?