Atrás Los niños nos miran
FRANCISCO PÉREZ GUTIÉRREZ

Publicado en el Diario Montañés


Hace ya muchos años -uno era joven- tuve ocasión de ver, en un cursillo de cinematografía, una película que se titulaba así: 'Los niños nos miran'. Correspondía a los preámbulos del neorrealismo italiano, era muy breve y bastante elemental. No sería capaz de recordar ni una sola imagen. Pero se me quedó grabado a perpetuidad su título, sugerente y profundamente cierto. Si hay algo que observamos siempre en el recién nacido es cómo su mirada comienza enseguida a seguir los movimientos que perciben sus ojos, a pesar de que en realidad no ve, no distingue los objetos. Diríamos que mira antes de ver.

Luego, tras las primeras semanas, mira y ve. Empieza a identificar a quienes le rodean, a los que serán sus rostros familiares; y digo sus rostros porque a donde se dirigen sobre todos sus miradas es a las nuestras, comenzando, en circunstancias normales, por su madre o por quien hace sus veces. Ya el poeta Virgilio se fijó en esa primera sonrisa del niño en respuesta a la sonrisa, al tacto y al calor maternos, incluso a las palabras, a sus tonos, a sus matices, al timbre, para él delicioso de esa primera música, vinculada a la suavidad y la ternura maternas.

Si, además, seguimos teniendo a nuestro alrededor niños a los que poder observar de cerca -de seis meses, y aún antes, de un año, de dos, de más, a lo largo de toda la niñez-, qué prodigiosa fijeza de las miradas de ese pequeño ser, qué maravillosa atención a cuanto ocurre a su alrededor.

Un niño que mira, ve exactamente lo que hay. Si pudiera hablar, su descripción de todas las cosas, empezando por las personas que, no sólo ve, sino con las que se halla identificado -madre y padre, hermanos, familiares- nos haría a todos muy cautos.

Porque, no sólo ve, sino que 'sabe' lo que está viendo.

Lo que acabo de decir me recuerda a un niño, en una novela de Javier Marías, que no sabe hablar, pero que 'sabe' que el hombre que está con su madre, no sólo no es su padre -lo cual es obvio-, sino que es alguien 'ajeno', extraño, cuyas muestras de aproximación a su madre y a él mismo, obedecen a algo que no es la verdad del cariño. Más bien lo contrario: la pretensión de enajenársela. De ahí su sentirse 'extrañado'; su malestar. 'Ve' y 'sabe' la verdad de lo que mira, por más que no sea consciente.

Ese niño está en el secreto de esa relación que está viendo. Como aquella otra criatura que, según me confió su padre absolutamente persuadido de su interpretación del suceso, manifestaba desde la cuna evidentes signos de desaprobación si veía a su padre y a su madre prodigándose muestras de intimidad conyugal. Como es evidente, lo que el niño en cuestión miraba, sabía que no eran las muestras que su madre y su padre le 'debían' a él.

O sea, que estamos siempre expuestos a la mirada de los niños. Y que, en lo que ven cuando nos miran, saben cómo somos: suaves y cariñosos, pendientes de ellos, o secos, poco asequibles, ásperos, impacientes con ellos... Es inútil que intentemos aparentar lo que no somos, porque advierten nuestra duplicidad, saben que estamos mintiendo. Su mirada es absolutamente limpia, nada la empaña, como no sea el llanto. Ahora bien, he aquí la pregunta a la que quería llegar: ahora mismo, en la familia, en la calle, en las relaciones sociales, en las imágenes que les van llegando a través de los medios de comunicación, en el jardín de infancia y luego en el colegio, ¿que ven en nosotros los niños cuando nos miran?

Comencemos por nosotros mismos, madres y padres, parejas con hijos propios o adoptados, maestros, profesores, catequistas, adultos en general...

En la sociedad actual, en la nuestra, las cosas han llegado a tales extremos, que, a veces, cuando voy por la calle, o en un transporte público, donde sea, yo, que soy padre y abuelo, que he sido profesor y educador durante años y años, me sorprendo preguntándome, cuando veo a niños y niñas, que se mueven, que juegan o que lloran dentro de la burbuja encantada en que cada niño se mueve y respira, ¿cómo me verán estas criaturas si se fijan en el adulto que pasa junto a ellas?

Concretemos: ¿Qué mira ese niño ante el que unos adultos, sus padres o equivalentes, practican el tan frecuente ejercicio de las injurias y los malos tratos, la violencia doméstica, nueva (?) fiesta nacional que deja madres heridas o asesinadas? Porque los niños 'ven' cuanto tienen delante, la 'verdad de las situaciones' por más que unos padres que no se quieren hagan como que se quieren, o -no se sabe lo que es peor- no se molesten en disimularlo. Los niños que hoy nos miran serán nuestros testigos de cargo con su conducta de mañana. Su mirada quedará enturbiada para siempre.

¿Y qué mirará esa niña o niño -multiplicados por los centenares y miles de 'turistas sexuales' que los acosan o violan-; cómo miran a los ojos de sus verdugos; y qué 'ven' desde el primer abuso, multiplicado por las veces que esos abusos se repitan con ellos? Aquí, en España, hay en este preciso momento centenares de 'turistas sexuales' que han visto cómo los miraban esas niñas -y niños - caribeños, o asiáticos; que llevan sobre sí las miradas de esas criaturas. Alguno de usted que le este artículo, ¿conoce a algún 'turista sexual'? ¿Le ha vuelto a dirigir la palabra una vez identificado? ¿O ha practicado usted ese hermoso deporte? Mírese al espejo, a ver que ve; a ver si se soporta a sí mismo.

Vemos a veces en las imágenes de prensa las miradas de los niños judíos, víctimas de los verdugos nazis, de los niños víctimas del hambre y de las guerras; ¿cuáles habrán sido las últimas miradas de esas niñas y niños antes de morir? Con seguridad han sido miradas sobre el mundo de los adultos.
...