Pensamientos
de José
Antonio Marina Torres
Profesor, filósofo, ensayista, horticultor,...

movilizacioneducativa@telefonica.net
Del libro "Aprender a convivir"
El patio de recreo es un laboratorio de socialización que no ha sido bien estudiado. Los niños que juegan, los que se quedan marginados, el tipo de juegos, las situaciones de tensión, las negociaciones, los intercambios, todo merece una cuidadosa investigación. Necesitamos hacer una pedagogía de los recreos que vaya más allá de la vigilancia. No conviene olvidar este asunto, porque los estudios nos dicen que es durante el recreo cuando ocurren más actos de violencia en la escuela.
"Centros educativos inteligentes o centros educativos estúpidos"
Conferencia pronunciada en Santander el 27-05-03
(organizada por el Consejo Escolar de Cantabria)
"La
inteligencia creadora es nuestra gran arma contra la pesadumbre de las cosas.
Inteligencia "resuelta" que significa inventar soluciones y marchar con decisión.
La inteligencia humana es una mezcla de conocimientos y valentía. El ingenio viene
a decirnos que en la aparente monotonía pueden encontrarse nuevas relaciones,
significados imprevistos, escorzos divertidos o parecidos sugerentes".
- "Los cabroncetes de los alumnos no
leen los libros de pedagogía y no saben como comportarse"
- El fin de la educación
es aumentar la probabilidad de que suceda lo que queramos.
- Es precisa una
"conspiración educativa". Nadie puede en solitario hacer nada. Es inútil el profesor
aislado (profesor asustado).
- La inteligencia trata de conseguir un mejor
modo de ganarnos la vida y de vivir la vida.
- La inteligencia trata de resolver
problemas prácticos (más complejos que los teóricos ya que exigen un plus de talento).
- Existe, además de las inteligencias matemáticas, lingüísticas, etc., la inteligencia
práctica (la que se necesita en la enseñanza)
- No necesitamos ser sabios
sino saber enseñar.
- El aula es una "selva afectiva"; alumnos y profesores
con sus problemas personales y profesionales.
- Los maestros se mueven mejor
que los profesores de secundaria dentro del "barullo cognitivo-afectivo"
-
En Secundaria habíamos olvidado el sentido común didáctico para salir bien parados
de las situaciones.
- Educar es dirigir el comportamiento: Control personal,
atención.
- Las funciones de los maestros son: saber su asignatura; educar;
enseñar a resolver conflictos.
- Algunos piensan "Herodes que gran pedagogo"
(ironía)
- Hay que conseguir: reconocer los propios sentimientos; controlarlos;
reconocer los de los demás; interactuar con los de los demás.
- La inteligencia
se desarrolla en contextos inteligentes
- Hay centros educativos inteligentes
y centros educativos estúpidos.
- Hay que ampliar las posibilidades de los
demás y las nuestras.
- Un profesor aislado no es el protagonista. Lo es el
Centro.
- Debe funcionar el conjunto del profesorado.
- Hay que conseguir
organizaciones que "aprendan": potenciar el talento interno. Que todos den el
máximo de si, y a gusto.
- Un centro educativo es la suma de los talentos
individuales, la organización, y el Equipo Directivo.
- Los medios de los
que se sirve el maestro son: el premio, que sirve para la satisfacción de motivaciones
(fomentar conductas), bien para aumentar el nivel de bienestar (hedonismo) o para
aumentar nuestras posibilidades vitales (crear); el castigo, para inhibir conductas,
pero nunca para promoverlas; y los cambios de creencias.
- Caemos frecuentemente
en el aburrimiento del saciado.
- La felicidad es la satisfacción armoniosa
de las dos motivaciones básicas: bienestar y creación.
- Un centro inteligente
unifica la comodidad y una vida grande
- Hemos pasado del docente "sacerdote"
al docente "mártir"
- Los interesados se desaniman y los desinteresados se
alegran de que se cera que todo va mal.
- Los niños deben ser felices y buenas
personas.
- Un test para diferenciar a las personas: los que tienen miedo
a la novedad y los que tienen confianza ante la novedad.
- La formación permanente
impartida por la Universidad no nos sirve a los maestros.
- "Os pido que participéis
con ideas y sugerencias... pero no con tomates".
Extraído
de una conferencia organizada por el Consejo Escolar de Navarra el 12-04-03 y
otra organizada por el Consejo Escolar de Cantabria el 27-05-03.
La
conspiración educativa
"De las palabras 'conjurarse' o 'conspirar'
me encanta el prefijo 'con', que implica decisión o proyectos compartidos. Nos
gustaría organizar una gran conspiración educativa. Un movimiento capilar, audaz
y astuto, cuyo lema sería un sabio proverbio africano: "Hace falta un pueblo entero
para educar a un niño". Padres, maestros, compañeros, políticos, intelectuales,
medios de comunicación, iglesias, empresarios, instituciones públicas o privadas,
todos son necesarios y ninguno suficiente. La educación es el resultado de un
número incalculable de pequeñas influencias, de palabras, gestos, aceptaciones
o rechazos, cosas cogidas al vuelo. Educan o maleducan todos los ciudadanos.
Como
profesional de la enseñanza conozco bien los poderes y las limitaciones de la
educación. Sólo podemos aspirar a aumentar la probabilidad de que los alumnos
se comporten de forma adecuada. Una limitación clara que puede convertirse en
patrón de eficacia si la entendemos bien. ¿Y qué es una conducta adecuada? La
que aumenta sus posibilidades vitales, profesionales, afectivas, éticas.
Para
que esa probabilidad se eleve, tiene que haber una confabulación de influencias
y de actores. Tenemos que jugar a todos los paños. Las estructuras familiares
y los sistemas educativos han sido desbordados por las circunstacias sociales
y culturales. Tratamos con muchos padres, profesores y personajes influyentes.
Todo el mundo quiere resolver el problema, pero no sabe cómo hacerlo. Les pondré
un ejemplo que conocen por la prensa: el 'botellón'. En casi todas las ciudades
españolas los jóvenes se reúnen los fines de semana en espacios públicos para
beber. En Madrid, según el Defensor del Menor, al menos siguen esta moda 150.000
adolescentes, entre los 13 y 17 años de edad. Padres, vecinos, educadores, políticos,
jueces -es decir, todos menos bebedores y expendedores de alcohol- quieren terminar
con el fenómeno. ¿Pero cómo hacerlo? En Sevilla, el Tribunal Superior de Justicia
condenó al Ayuntamiento por no actuar contra el consumo de bebidas en la calle.
En Madrid, el delegado del Gobierno ha mandado a la policía para desalojar los
lugares de reunión, presionado por las legítimas protestas del vecindario. ¿Es
una buena solución? El presidente de la Comunidad ha dicho que "quiere convencer"
a los jóvenes para que no beban en la calle. Pero, ¿cómo conseguirlo? ¿Quién puede
hacerlo?
Suele decirse que se trata de un problema educativo. Creo que es un
problema cultural, es decir, algo más amplio, más polimorfo, más sutil en insidioso,
que incluye, desde luego, como uno de los elementos, la educación directa. Hace
unos días me invitaron a una reunión de la FAD (Fundación de Ayuda contra la Drogadicción),
que en la actualidad preside José Ángel Sánchez Asiaín. Se trataba de debatir
sobre el mejor modo de luchar contra las conductas de riesgo en adolescentes,
un fenómeno del que el alcohol es un caso más. Los periódicos difunden temas preocupantes.
Los embarazos adolescentes se disparan, En Cataluña, por ejemplo, en los últimos
tres años el número de embarazos entre 14 y 17 años ha aumentado el 80 por ciento.
En el año 2000 abortaron el Cataluña 1941 menores de edad, de las que 33 tenían
menos de 15 años. Hace unos días surgió la polémica sobre si debían instalarse
máquinas expendedoras de preservativos en los institutos de enseñanza secundaria.
¿Es una medida correcta? Con muy buen acuerdo, la FAD quiere convertir su tarea
de prevención de drogas en un apoyo a la educación general. Pero es fácil ver
que todavía hay que ir más lejos. Cuando la educación se convierte en tarea de
todos, de lo que estamos hablando es de un cambio cultural. Y este es el único
camino.
Todos los esfuerzos deben ir dirigidos a cambiar la percepción social,
las vigencias sociales, las creencias aceptadas. Favorecemos la mala educación
cada vez que colaboramos al éxito de programas de televisión basura, cada vez
que no protestamos ante conductas violentas, o no somos colaboradores exigentes
en los esfuerzos educativos, o predicamos que el triunfo y el dinero son lo único
que cuenta, o pasamos de nuestras responsabilidades de padres, o de ciudadanos.
La conspiración educativa pretende proporcionar apoyo a los que quieren intervenir
y no saben cómo hacerlo, eliminar la impotencia de quienes pretenden enfrentarse
a solas con el problema, zarandear el miedo y la pereza. Proponemos la técnica
del castor, que palito a palito consigue hacer una presa que cambia el curso del
río.
Publicado en "El Semanal" el 17 de Febrero de 2002.
Revolución en los centros
Centros inteligentes
En los últimos
meses, una parte de mis alumnos ha cambiado. No son adolescentes zangolitinos,
sino curtidos hombres de empresa. Me apresuro a decir que no me he convertido
en el gurú del management. Lo que sucede es que mi interés por los temas educativos
me ha llevado a estudiar el mundo empresarial, que en estos momentos está muy
preocupado por el aprendizaje. Se habla cada vez más de "empresas inteligentes",
de "gestión del conocimiento". "Learning organizations" es el eslogan del momento.
La inteligencia de un grupo, de un Centro escolar, de una organización, es
algo más que la suma de la inteligencia de sus miembros. O algo menos, depende.
Todas las agrupaciones humanas potencian o deprimen las capacidades de sus componentes.
Las parejas pueden animarse o desanimarse, ser capaces de enfrentarse unidos a
los problemas o, al contrario, enredarse sin parar en situaciones conflictivas.
A las familias les ocurre otro tanto. Son sistemas complejos de comunicación,
cuyos canales pueden estar bloqueados o sesgados. Todos sabemos con cuánta facilidad
se distorsionan los mensajes en estas redes íntimas. Cada miembro puede encontrarse
más libre, más capaz, más alegre cuando está fuera de su ámbito familiar. En estos
dos ejemplos aparece claro lo que podemos llamar inteligencia compartida. La inteligencia,
no olvidemos, no es la facultad de resolver ecuaciones diferenciales o cosas semejantes,
sino la facultad de dirigir la conducta para salir bien parados de la situación
en que estemos. No está orientada al conocimiento, sino a la acción.
No está
orientada al saber, sino a la felicidad. Necesitamos Centros de Enseñanza Inteligemtes.
Organizaciones que sean capaces de responder con rapidez a los problemas, de mantener
un flujo de información eficaz, de conseguir grandes cosas utilizando los saberes
distribuidos. La finalidad de la inteligencia compartida es conseguir que un grupo
de personas no extraordinarias consiga resultados extraordinarios.
Hasta ahora
hemos insistido en una pedagogía individual, que es, por supuesto imprescindible.
El sujeto de la educación es siempre una persona concreta, con sus peculiaridades
individuales, sus creencias previas, sus aficiones, sus temores y dificultades.
El alumno tiene inevitablemente que construir sus conocimientos. No se los podemos
injertar desde fuera. Pero no podemos olvidar que la inteligencia nace, se desarrolla
y funciona en un contexto, como nos está repitiendo insistentemente la nueva psicología.
Por esta razón necesitamos una pedagogía del contexto. ¿Qué quiero decir con esta
rara expresión? Cada alumno vive en un contexto familiar, social y escolar. Nuestros
esfuerzos para educar las mentes individuales choca con la acción de estos entornos.
Continuamente nos quejamos de la influencia de los medios de comunicación, por
ejemplo, sin que desde el sistema educativo estemos haciendo nada para evitar
esa influencia. Las familias están educativamente desconcertadas. Hay, sin duda,
muchas que se han desinteresado de la educación, pero hay otras muchas que están
más preocupadas que nunca y, además, con cierto sentimiento de culpabilidad, alentado
por mensajes confusos. Parece evidente que la escuela debería ocuparse también
de las familias como "contexto educativo" de los alumnos.
La sociedad del
aprendizaje
Les parecerá, sin duda, que estoy expandiendo el ámbito educativo
excesivamente. No me importa confesarme un megalómano de la educación. Pero tengan
en cuenta que hemos entrado en la "sociedad del aprendizaje", que vamos a tener
que estar continuamente aprendiendo, y que cada vez se están transfiriendo más
responsabilidades al sistema educativo. Pronto tendremos que hacernos cargo de
alumnos recién nacidos. No somos los educadores los que nos empeñamos en arramblar
más competencias. Es la sociedad la que nos lo exige. Necesitamos convertir los
Centros en Centros de socialización, de integración cultural, en ámbitos protegidos
para la infancia y la adolescencia, y en lugares de comunicación con la familia
y la sociedad. Por ejemplo, no basta con que en los Centros haya un departamento
de Orientación para alumnos. Tiene que haber un Departamento de Orientación para
padres. Y dentro de poco debemos esperar que los padres puedan estar conectados
por Internet con el Centro, para mantener un permanente diálogo con los educadores
de sus hijos. No para fiscalizar sino para colaborar. Está bien claro que los
padres no pueden educar sin los profesores ni los profesores podemos educar sin
los padres. Para todo esto necesitamos Centros muy inteligentes, que sean eficaces
como entorno educativo. Es todo el centro el que educa al alumno, lo que implica
también un cambio en la manera de entender la función del profesor. Más que un
experto en enseñar su asignatura debe ser un experto en colaborar con otros profesores
para conseguir una educación eficaz. Los teóricos de la organización empresarial,
preocupados por la inteligencia compartida, han estudiado el modo de mejorar el
"cociente intelectual" de las empresas. La mayor parte de nuestros Centros de
Enseñanza no pasarían este test. Los claustros no funcionan, y el profesor suele
ser un llanero solitario frente a sus indios.
El asunto me parece tan importante
que aprovecho la invitación de EL MUNDO para explicarles lo que sucede y pedirles
su colaboración. Tener un sistema educativo eficaz no interesa sólo a los padres
de chicos y chicas en edad escolar, sino a toda la sociedad, porque de nuestra
escuela va a depender cada vez más el progreso social, económico y ético del país.
Un especial de EL MUNDO
Entrevista sobre educación
- Hoy el profesorado quizá representa un papel
más comprometido que nunca. ¿Cómo lo ve un pensador y un docente como usted?
El profesorado no se siente con el apoyo y el respaldo de la sociedad que necesita para ejercer su trabajo con autoridad. La tarea más urgente es formar a unos profesores capaces de enfrentarse con unas metas educativas más exigentes y complejas de las que tenía hasta ahora.
- ¿Qué espacio le queda al profesor en su aula para educar presionado entre las fuerzas del sistema educativo, de la familia y de la sociedad, si pensamos que esas fuerzas no siempre empujan en la misma dirección ni defienden los mismos valores?
El poder del sistema educativo -dentro del que ejerce su trabajo el docente- es enorme. En este momento hay en España más de medio millón de profesores. El problema está en que tiene que funcionar como un sistema inteligente. Necesitamos mejor organización educativa, diseñar unos nuevos tipos de centros, crear sistemas de trabajo más modernos. Además, tenemos que saber explicar a la sociedad lo que estamos haciendo, y hasta qué punto depende de nuestro éxito el nivel de vida que podemos esperar.
- Hay quien ya ha definido la tecnología como el "humanismo del nuevo siglo". ¿Cómo debe hacer concordar la escuela las opiniones de los tecnófobos y tecnoutópicos?
Ni los tecnófobos ni los tecnoutópicos tienen razón. La técnica es una maravillosa herramienta, que puede servir para el bien y para el mal, para destruir o para construir. Lo importante es el ser humano que la maneje. Cuando digo que "un burro conectado a Internet sigue siendo un burro" no estoy desdeñando la tecnología informática, que admiro, y en cuyo estudio he gastado muchas horas. Estoy diciendo sólo que la calidad de un sistema informático depende de quien esté delante de la pantalla.
- Los nuevos Decretos sobre Enseñanzas Mínimas que ha sacado a la luz el actual Ministerio de Educación Cultura y Deportes prácticamente sólo hablan de contenidos conceptuales y olvidan por completo los valores. ¿Piensa que hoy es socialmente posible una educación puramente académica?
No. La enseñanza obligatoria es esencialmente ética. La ética es el marco en el que deben situarse el resto de las disciplinas. Nuestra obligación no es formar buena mano de obra, sino buenos ciudadanos.
- ¿Cuál cree que debe ser el perfil del nuevo profesional de la educación que muchas veces ha permanecido en la reivindicación del lamento más que en la de mejorar el quehacer del día a día?
Debe recuperar la propia confianza en lo que hace, saber que la tarea docente, en primaria y sobre todo en secundaria, exige una serie de habilidades complicadas. No basta con saber matemáticas, física, inglés, y con saber explicarlos. Es preciso saber organizar clases muy heterogéneas, saber imponerse con autoridad, ayudar a los alumnos a que vayan siendo personas autónomas, exigir sin claudicaciones.
-
Es evidente que muchos jóvenes de hoy son personas emocionalmente muy desatendidas.
¿Está el profesorado en condiciones de, además de instruir, ayudar al desarrollo
integral de sus alumnos y alumnas?
No. Los profesores necesitan una formación
más humanista. Está apareciendo un nuevo modelo de inteligencia que va más allá
de las puras actividades cognoscitivas, y que incluye los sentimientos, las motivaciones,
la construcción de la voluntad, el compromiso con valores éticos. La sociedad
actual está exigiendo de la escuela muchas cosas nuevas y debemos explicarla que
son responsabilidades que no podemos cumplir sin contar con la ayuda de la sociedad,
y con los medios formativos y materiales necesarios.
- Usted ha escrito que "Cuando una sociedad se libera de la miseria, de la ignorancia, del miedo, del dogmatismo y del odio, evoluciona hacia la racionalidad, los derechos individuales, la democracia, las seguridades jurídicas y las políticas de solidaridad". ¿Qué debe hacer la escuela para desarrollar con profundidad el valor de la solidaridad en un mundo multicultural, cuando aún observamos que hay opiniones que justifican la segregación y centros educativos que, unas veces a las claras y otras con el silencio, no admiten alumnado que pueda romper su homogeneidad?
En el nivel más elemental debe fomentar en los niños tres sentimientos fundamentales: la compasión ante el dolor ajeno, la indignación ante la injusticia, el respeto ante la dignidad humana. Debe también aprender el sentido crítico del deber. Y en la adolescencia, reflexionar y fundamentar lo aprendido en la infancia. En mi libro "La lucha por la dignidad" he explicado como había que contar la historia de la humanidad a nuestros alumnos: como un intento por librarnos de la violencia y de la injusticia, por una continua lucha por la dignidad. Así se darían cuenta de la belleza de nuestros esfuerzos y también de la precariedad de nuestra situación. Se trata de involucrarles en el gran proyecto de la creación ética.
- ¿Justifica usted la enseñanza obligatoria hasta los 16 años cuando es tan frecuente la figura del "objetor escolar"?
Creo que es buena la enseñanza obligatoria hasta los 16 años, pero el modo actual de organizarla es demasiado rígido, ineficaz y convencional y, por lo tanto, malo. Hay que introducir antes la formación laboral, pero dentro de las metas formativas de la educación secundaria. La unión de educación y formación laboral no se ha conseguido. En España se siguen menospreciando los oficios. Es un disparate.
Revista EDUCARInformación personalizada
Ante la riada de información se impone el filtrado. Solo quiero que llegue a mí lo que previamente selecciono.
Jeremy Rifkin: "...vivimos en la era del acceso. Quien no esté conectado se quedará en la cuenta. Estamos en la era del acceso filtrado. No quiero enterarme de lo que pasa, quiero enterarme de lo que me interesa".
León Festinger: teoría de la "disonancia cognitiva". "Todos tendemos a defender nuestro mundo, el conjunto de nuestras creencias o de nuestras ideas, y nos molesta la información que la pone en duda o la contradice. Nos sentimos en peligro cuando algo produce una disonancia en nuestro interior. Los datos que no encajan, los gestos que no concuerdan con lo que esperábamos, las expectativas que no se cumplen. De forma automática tendemos a rechazar esa información inquietante. Preferimos la seguridad al conocimiento. Así funcionan, por ejemplo, los prejuicios. Quien tiene un prejuicio racial, religioso, político o de cualquier tipo, acaba captando sólo la información que corrobora su idea".
Internet está produciendo un fenómeno paradójico. La información que pone a disposición de cualquiera es tan gigantesca, que la posibilidad de informarse acaba siendo mínima.
En teoría tenemos el mundo entero al alcance de un click, pero en la práctica acabamos metidos en nuestro propio gueto informático. Eso si, diseñado a nuestra medida. Personalizado.
Para ampliar nuestra capacidad de comprensión necesitamos recibir informaciones de muchas cosas, muy diferentes, a través de canales variados, de cosas que nos interesan y de cosas que nos interesan menos, pero que son importantes.
Extracto de un artículo de "El Semanal"
Ponencia a cargo de Don
José Antonio Marina, profesor de Educación Secundaria y escritor
con el tema "El profesorado: formación, funciones, tutoría".
(pronunciada en el Consejo Escolar de Navarra)
Su asistencia a esta
Jornada, para reflexionar sobre asuntos de trabajo, me parece un ejemplo magnífico
y casi conmovedor. Me gustaría que esta reunión fuera útil,
más práctica que teórica. Uno de los problemas que tiene
la educación es que todo el mundo cree saber lo que hay que hacer, y cada
vez estoy más convencido de que cuando alguien lo piensa es un inconsciente
o un irresponsable o un impostor. La educación es un problema de gran complejidad.
Lo que tenemos que hacer es aprender continuamente de lo que estamos haciendo,
ver si lo estamos haciendo bien o si lo estamos haciendo mal. Hay una anécdota
que me gusta contar a mis alumnos más jóvenes, para explicarles
como soluciones que en teoría parecen claras, en el momento de aplicarlas
a la realidad no resultan tan eficaces como pensábamos. En los años
50 hubo en China una plaga de ratas que se comían los cultivos de arroz.
Al gobierno chino, que no tenía dinero para una campaña de desratización,
se le ocurrió una idea teóricamente genial: somos 1.200 millones
de chinos, si cada chino mata un par de ratas en un fin de semana hemos acabado
con la plaga. Para incentivar la cacería se prometió un pequeño
premio por cada rata muerta. Pero no contaron con que los cultivadores echaron
cuentas y llegaron a la conclusión de que era más rentable criar
ratas que plantar arroz. Construyeron unas jaulas fantásticas, metieron
en ellas unas cuantas ratas y dejaron que la naturaleza obrara. No tenían
que estar preocupados ni por el agua, ni por el tiempo, ni por las plagas, ¡ni
por las ratas!.
Así nos pasa muchas veces en la educación.
Cosas que vemos claras en la teoría no funcionan cuando intentamos ponerlas
en práctica.
Otro asunto que hemos de tener presente es que la educación
-lo que hacemos padres y docentes- solo puede aumentar la probabilidad de que
suceda lo que "nosotros" deseamos que suceda. Esta es una exigencia
de humildad que hemos de tener presente. Si el sistema de aprendizaje fuera determinista,
es decir, que si yo hiciera A sucederá forzosamente B, todo sería
sencillísimo. Pero los seres humanos no funcionamos así. Si hago
A lo más que puedo conseguir es que aumente la probabilidad de que suceda
B, pero solo la probabilidad. Si desde fuera alguien obra en el mismo sentido,
la probabilidad aumentará, pero si obra en sentido contrario, evidentemente
disminuirá. Esto significa que tenemos que ir a una especie de "conspiración"
educativa, entre padres, docentes, instituciones, ciudadanía en general,
porque nadie puede hacer nada solo, porque vamos cada vez más hacia un
tipo de educación por integración de esfuerzos e influencias, de
manera que cada vez es menos eficaz la tarea de un profesor que trabaje aislado.
Dicho esto, voy a empezar a hablar desde lo que yo sé. Me he dedicado
muchos años a estudiar como funciona la inteligencia humana. Esto no es
un asunto marginal para la tarea educativa, porque lo que pretendemos es desarrollar
personas inteligentes. Por lo tanto, la idea que tengamos de lo que es la inteligencia
va a presionar sobre las teorías pedagógicas, sobre las teorías
acerca del alumno, sobre las programaciones, y sobre el sistema de prestigios
sociales que estimulan los comportamientos humanos. Voy a poner un ejemplo. Hace
años se realizó una encuesta entre estudiantes universitarios americanos
y miembros de una tribu africana llamada los baoulé, para averiguar qué
pensaban unos y otros que era ser una persona inteligente. Hasta cierto nivel
estaban de acuerdo, consideraban que la inteligencia era la capacidad de aprender,
la capacidad de resolver problemas nuevos, la capacidad de expresarse bien, pero
a partir de ahí los baoulès iban por otro lado y añadían
que también es una muestra de inteligencia saber resolver los problemas
sociales y colaborar para el bien de la tribu. Los americanos, en cambio, decían
que eso no tenía que ver nada con la inteligencia, sino, en todo caso con
la moral. Una persona inteligente seguía siendo inteligente aunque fuera
perversa.
Es evidente que se trata de una decisión voluntaria. A mí
me parece más inteligente incluir el comportamiento dentro del concepto
de inteligencia, que reducir este concepto a un conjunto de operaciones mentales
sin trascendencia real. Durante muchos siglos nuestra cultura ha transmitido una
idea de inteligencia muy brillante pero que nos ha metido en un callejón
sin salida. Consistía en decir que la función principal de la inteligencia
era conocer, que su culminación era la ciencia, y que nuestros alumnos
deberían ser algo así como científicos en miniatura. Seguimos
repitiendo que saber jugar bien al ajedrez o resolver ecuaciones diferenciales
es una demostración más clara de inteligencia que saber mantener
unas relaciones de pareja satisfactorias, organizar una familia feliz o construir
una sociedad justa. ¿A quién se le ha ocurrido semejante disparate?
Todo lo que nos preocupa es conseguir un modo de vida que nos ponga en buenas
condiciones para alcanzar la felicidad privada y una convivencia digna. Ser feliz,
implica, desde luego, saber ganarse la vida, pero esto es solo una parte de la
formación, porque es una parte de la vida. ¿Hay que dar formación
laboral a nuestros alumnos? Sin duda, pero no es lo único importante. Habrá
que explicar a muchos padres que están preocupados por el futuro laboral
de sus hijos que no miren a otro lado, que miren a sus propias vidas y que piensen
si el trabajo ha sido lo único importante que han tenido o que han echado
en falta.
¿Dónde estaba el problema? Es un problema que también
está afectando mucho a los profesores que se encuentran con unas tareas
que, en este momento, parecen que les vienen sobrevenidas y que muchas veces nos
agobian. Nosotros estuvimos muchos años preocupados por transmitir esta
idea de inteligencia: "yo lo que tengo que hacer es desarrollar la inteligencia
matemática, lingüística... de mis alumnos". Y eso hemos
aprendido más o menos a hacerlo, sabemos enseñar matemáticas,
lengua, inglés, pero ahora nos dicen que no es eso todo lo que tengo que
hacer. Las aulas se han vuelto conflictivas y ahora nos piden que hagamos unas
cosas rarísimas.
Necesitamos desarrollar la inteligencia de los alumnos
desde luego, pero la inteligencia importante no es solo teórica. Nosotros,
como profesores, no tenemos una profesión teórica sino práctica.
Más que ser expertos en nuestra asignatura, necesitamos saber enseñar,
es un asunto práctico más complicado. Nos tenemos que convencer
de que la inteligencia teórica -a pesar del prestigio que tiene- está
por debajo de la inteligencia práctica. Un problema teórico se resuelve
cuando conozco la solución, pero un problema práctico no se resuelve
cuando conozco la solución, sino cuando la pongo en práctica, que
suele ser lo más difícil. ¿Por qué? Porque la realidad
tiene un coeficiente de resistencia, y la libertad humana un plus de imprevisibilidad.
En el momento que convirtamos toda actividad teórica en un caso de actividad
práctica, veremos con mucha mayor claridad la esencia de nuestra profesión.
Las matemáticas, por ejemplo, no es algo que una razón pura, desencarnada,
universal, haga al relacionarse con esos maravillosos objetos ideales que llamamos
números. Es una de las actividades que hace un ser concreto, con sus motivaciones,
sus dificultades, sus manías, que consigue aislar parte de sus recursos
mentales para dedicarlos a las matemáticas. La actividad práctica
está guiada por valores. Pues bien, el científico, que sin duda
desea el conocimiento, se dedica al estudio porque la verdad le parece "valiosa".
El reino de los valores es más amplio que el reino de la verdad.
Algo
parecido ocurre con la enseñanza. No consiste en transmitir conceptos en
una especie de escuela platónica, ni siquiera en una escuela constructivista.
Los que estamos en clase estamos en una especie de selva afectiva, donde los niños
vienen con sus problemas, sus aspiraciones, sus aburrimientos, sus miedos. Los
profesores entramos también con nuestros problemas, y en todo ese barullo
la primera tarea es conseguir hacer un hueco entre tanta maleza emocional, un
claro en el bosque donde podamos transmitir o construir ideas.
El nuevo tipo
de educación que necesitamos piensa que la finalidad de la inteligencia
es dirigir bien el comportamiento para salir bien parados de la situación
en que estemos. Si la educación es científica, consistirá
en hacer buena ciencia. Si la situación es afectiva, será en resolverla
felizmente. En nuestro caso, si la situación es didáctica, la inteligencia
consiste en dirigir bien el comportamiento del propio profesor para cumplir las
metas de esa situación docente. Nuestro problema es siempre un problema
práctico: ¿Cómo consigo que los niños y las niñas
que no están interesados por las matemáticas acaben estudiándolas,
comprendiéndolas, y, a ser posible interesándose por ellas? La teoría
está siempre al final. Nosotros estamos siempre resolviendo problemas prácticos.
Vistas así las cosas, entendiendo que la vida y el mundo es un conjunto
de problemas prácticos, no resulta extraño afirmar que las funciones
del profesorado actual -creo que de los maestros de siempre- sean las siguientes:
1.- Saber su asignatura y transmitirla.
2.- Educar a través de
su asignatura.
3.- Enseñar a sus alumnos a resolver conflictos.
Esta última función es la que desorienta e irrita a muchos de nuestros
colegas, que querrían tener alumnos sin conflictos o, al menos, con conflictos
que no exteriorizaran en las aulas. Pero la sociedad es conflictiva y es iluso
pretender quedarnos fuera de los conflictos. Una de las cosas que tenemos que
enseñar a nuestros alumnos es enfrentarse con una vida conflictiva con
ellos mismos, con sus vecinos, con sus familias, con sus hijos y con el mundo
en general.
¿Que antes era más sencillo? Desde luego. Vivíamos
en una sociedad más cohesionada y autoritaria. Pero nuestro trabajo no
consiste en enseñar a un alumno ideal, sino al alumno que nos llega, que
ahora es más complicado. Imaginad el ejemplo de un médico que dijese:
"Los enfermos de hoy día son detestables. Antes se tenía una
gripe y era una gripe decente, pero ahora vienen con gripes complicadas con alergias,
con trastornos psicosomáticos, y tenemos que terminar mandándole
a psicoterapia para que pueda superar la gripe. Son pacientes insoportables".
En efecto, era más fácil lo otro, pero el médico no puede
decir a su paciente: "Vaya usted a que le cure su familia, y cuando sea usted
un enfermo decente, venga aquí y le trataré". Nosotros estamos
diciendo algo parecido: "A ti que te enseñe tu familia y cuando estés
medianamente educado, ven que yo te proporcionaré el resto de la educación".
A todos los profesores nos encantaría tratar solo con alumnos maravillosos,
y desearíamos estar lejos de los vagos, los mal educados y los insociables.
No hay profesor ni padre que en algún momento no haya pensado como Antonio
Machado: "¡Herodes, qué gran pedagogo!".
Ahora los
profesores hemos de admitir que tenemos que aprender a ayudar a resolver conflictos
y a tratar con situaciones afectivas y sociales complicadas. Las personas que
han tenido talento pedagógico lo han sabido ser siempre. Lo que ocurre
es que nos olvidamos de ellos porque hemos tecnificado nuestra profesión
docente. Os contaré una anécdota que me llamó la atención:
Los que sois muy jóvenes no recordareis, pero hubo un momento que, sobre
todo en Madrid, pero también en casi todo España, había una
especie de pugna acerca de que si el mejor médico era Giménez Díaz
o era Marañon. Había mucha discusión: "pues mejor Giménez
Díaz", "Pues es mejor Marañón" (todavía
no existía la clínica de Navarra). Un día en una reunión
de médicos, en que se estaba discutiendo este asunto, apareció un
médico muy viejecito diciendo:
- La respuesta a esa pregunta la sé
yo.
- ¿Por qué la sabe usted?
- Porque fui durante muchos
años catedrático de Patología en San
Carlos y hacia las
autopsias de Marañón y las de los enfermos de
Giménez
Díaz que me bajaban con su expediente. Así que sé quién
es el mejor médico: Giménez Díaz sabía mucho más
que Marañón,
pero Marañón curaba más que
Giménez Díaz".
- ¿Y?
- ¡Ah! Es que son
dos cosas distintas.
Nosotros nos movemos en el terreno de Marañón.
No necesitamos ser los que más sabemos, sino los que más enseñamos.
De todo lo anterior se desprende que la nueva idea de inteligencia es fundamentalmente
práctica y tiene un componente afectivo. Pero hay algo más que tiene
inmediata aplicación a nuestro papel de profesor. Aunque la inteligencia
sea una capacidad personal, y cada uno tengamos la nuestra, siempre se desarrolla
en un contexto social que la estimula o la bloquea. Todos lo sabemos por nuestra
propia experiencia. A veces estamos en un grupo y la conversación se empobrece,
se deteriora, solo se nos ocurren mezquindades, y al final salimos con una desagradable
sensación de torpeza y desánimo. En cambio, con otros grupos la
dinámica es distinta. La conversación no decae, es estimulante,
en vez de desanimarse los contertulios se animan, todas las cosas parecen más
interesantes y uno mismo se considera más inteligente. Esto es lo que llamo
inteligencia compartida, que es la inteligencia de los grupos, de las organizaciones
o de las instituciones. Hay parejas inteligentes y parejas estúpidas, familias
inteligentes y familias estúpidas, centros educativos inteligentes y centros
educativos estúpidos. Doy por sentado que todos los que estamos en un Centro
Educativo somos muy inteligentes. Pero el tema está en que un Centro puede
ser muy torpe si no consigue convertirse el Centro entero en el protagonista educativo.
El profesor aislado no tiene ya capacidad de educar, tiene que hacerlo el claustro
entero. No se puede vivir como un profesor aislado en un Centro, no se puede considerar
que, a lo sumo, el Departamento es la célula operativa docente. Esto no
es suficiente.
Desde hace 4 o 5 años doy casi tantas más clases
a empresarios como doy a alumnos, porque a los empresarios de repente se les ha
despertado un interés loco por la pedagogía, porque el concepto
básico de "management" es necesitamos hacer empresas inteligentes.
Incluso han adoptado un término técnico que es llamativo que no
haya salido del mundo de la educación, "tenemos que hacer learning-organitation",
tenemos que hacer organizaciones que aprenden . Y eso no se nos ha ocurrido a
nosotros, se le ha ocurrido al mundo del dinero, al mundo empresarial. Quieren
decir que "...estamos en un mundo muy competitivo, con muchos problemas,
muy rápido y tenemos que potenciar hasta la última gota de talento
que haya en nuestras empresas". ¿En qué consiste una empresa
inteligente? En que por el hecho de estar trabajando de una manera determinada
todo el mundo está dando de sí todo lo que tiene y además
se encuentra bien.
Un organismo inteligente, una organización inteligente,
un centro inteligente, es aquel en que un conjunto de personas, que no tienen
por qué ser extraordinarias, por el hecho de estar trabajando de una manera
determinada y estar dirigidas de una manera determinada, producen al final resultados
extraordinarios. Y ese plus viene de cómo está organizado.
Un
Centro Educativo inteligente, donde sí nos gustaría a todos trabajar,
es el conjunto de talentos o de saberes personales, más un modo de organización,
más un modo de dirección. Por eso nos resulta de tanta importancia
mejorar la calidad de los equipos directivos de los Centros, como de los equipos
directivos de las empresas. Las empresas están dedicando un montón
de dinero y un montón de esfuerzo a la formación continua de sus
cuadros y de sus empleados, pero continuo, hasta tal punto que las empresas grandes
han creado su propia universidad corporativa: "... Es tan importante aprovechar
todo lo que tenemos en la empresa y estar reciclándonos continuamente que
voy a crear mi propia universidad, para someterlos a todos, continuamente, a un
proceso de aprovechamiento de su propio talento". Hay unos departamentos
que se llaman "Departamento de Gestión del Talento".
Tal
vez ni siquiera un centro aislado puede educar, sino que tiene que estar relacionado
con otros centros, para colaborar con ellos, compartir experiencias y emprender
proyectos conjuntos. Por eso se creó la red de Centros de formación
del profesorado, para que funcionasen como una especie de sistema nervioso que
conectara a todos los implicados en la docencia. Que nos ayudara a luchar contra
la pasividad. El sistema educativo es un diplodocus dormido, al que hay que despertar.
Si consiguiéramos hacer inteligentes nuestros centros, todos resultaríamos
beneficiados, porque seríamos nosotros también más inteligentes.
A todo el mundo le gusta trabajar en un ambiente estimulante y animoso, y tener
la conciencia de que está haciendo algo importante.
Todo esto tenemos
que explicárselo a la sociedad. Los docentes hemos sido unos pésimos
difundidores de lo que hacemos. Necesitamos un buen marketing educativo, por muy
rara que parezca la expresión. Tenemos que hacer comprender a todas las
fuerzas sociales que el nivel de vida de todos -no solo el nivel económico,
sino el social, el afectivo, el vital- va a depender cada vez más de la
educación. Repetirles hasta el aburrimiento que se trata de aumentar la
probabilidad de que ocurra lo deseable, y que esto depende de todos. ¿A
qué aspira un profesor? A lo mismo que aspiran los padres sensatos: a que
sus hijos estén en buenas condiciones para alcanzar su felicidad y colaborar
en una convivencia digna.
Para lograrlo, solo tenemos tres medios:
1.-
El premio.
2.- El castigo.
3.- El cambio de creencias.
Sabemos que
el castigo es muy eficaz, pero sólo para inhibir conductas o cumplir órdenes
rutinarias. Podemos hacer que nuestros alumnos o nuestros hijos estudien por miedo
al castigo, pero es más difícil que por ese procedimiento disfruten
estudiando, se despierte su curiosidad, o construyan una personalidad autónoma.
En este sentido, los premios tienen una mayor eficacia. El problema está
en que no sabemos lo que cada persona considera un premio. Para mi no lo sería
que me invitaran a un concierto del grupo de moda, pero para mis alumnos, sí.
Quiero detenerme en este asunto porque nos afecta a todos, también a nosotros,
ya que todos poseemos sistemas de motivación muy parecidos. ¿Por
qué hacemos lo que hacemos? Unas cosas por miedo, sin duda alguna. No queremos
perder el trabajo, no queremos que nos multen, no queremos que roben nuestro coche.
Pero otras cosas las hacemos porque disfrutamos con ellas, o porque nos gusta
sentirnos útiles, o por generosidad, o por nuestras creencias religiosas.
Al final, todas esas motivaciones plurales pueden resumirse en dos grandes motivaciones:
1.- Aumentar nuestro nivel de bienestar. Esto supone eliminar el dolor, reducir
las molestias, alcanzar el bienestar físico, económico, afectivo.
Tener seguridad. Todo esto lo necesitamos, pero no es suficiente. Cuando tenemos
satisfechas todas estas necesidades en vez de sentirnos alegres podemos sentirnos
deprimidos. Fijaos que la palabra "saciedad", que en teoría significa
algo bueno, tiene una acepción peyorativa. El saciado está harto.
2.-La ampliación de nuestras posibilidades. Todos nos queremos sentir eficaces,
exaltados, útiles, necesarios. Todos queremos sentirnos poderosos de alguna
manera, satisfechos con lo que hacemos, sentir que progresamos. Somos curiosos,
queremos saber hacer otras cosas, ser reconocidos, colaborar en cosas grandes.
No es verdad que solo nos guíe un hedonismo confortable. Todos experimentamos
también una tentación de grandeza. Por resumirlo en una frase: Todos
queremos crear algo. Crear no es algo extraordinario, aunque sea maravilloso.
Consiste en hacer que algo valioso que no existía, exista. Un hijo, un
libro, un jardín, una acción educativa eficaz, una amistad, un buen
centro, una sociedad justa.
Es fácil ver que estas dos grandes motivaciones
son en parte contradictorias. Una me lleva hacia la comodidad, otra hacia la creación.
La felicidad es la satisfacción armoniosa de esas dos grandes motivaciones.
De las dos.
Si como profesores sólo aspiramos a la comodidad creo que
además de compórtanos mal estamos metiéndonos en un callejón
sin salida. Un centro educativo inteligente, o una empresa inteligente, o un sistema
educativo inteligente, o unos padres de familia inteligentes, son los que consiguen
unificar una vida cómoda con una vida grande.
Os decía antes
que las tres herramientas que tenemos son el castigo, el premio, y el cambio de
creencias. Frente a unas creencias reductoras de que lo único que mueve
a los seres humanos es el provecho propio y la comodidad tenemos que defender
que el ser humano no es tan mezquino. La idea que tenemos del ser humano es una
de las creencias básicas para organizar la interacción y la convivencia.
Si creemos que no es de fiar, nos comportaremos a la defensiva y acabaremos todos
armados y en tensión. Gran parte de lo que he dicho en esta charla acerca
de la necesidad de cambiar la idea de inteligencia o a la necesidad de colaborar
es un intento de ayudar al cambio de creencias. Y lo mismo sucede con mi afán
de recordar que una vocación creadora no es un lujo sino una necesidad.
Necesitamos vivir con una cierta exaltación, saber que no somos intercambiables,
que hay algo importante que solo podemos hacer en primera persona. Ortega decía:
"Todos tenemos una misión de claridad", y la que tenga yo o tu
no la puede realizar otro, porque no está en nuestra misma situación.
¿Es que todos debemos ser héroes o sacerdotes de la educación?
No. Es algo mucho menos exigente y, desde luego, mucho menos retórico.
Todos tenemos que luchar por nuestra felicidad. Pero esa felicidad tiene un aspecto
de comodidad y un aspecto de exaltación. Si supiéramos integrar
ambas cosas en nuestra vida, nuestra actividad profesional sería mucho
más interesante.
En un momento en que se está difundiendo un
modelo de la docencia como actividad de alto riesgo, aniquiladora, y terrible,
debemos reivindicar que la profesión docente es un modo muy satisfactorio
de vivir. Hemos pasado de la idea del docente sacerdote al docente mártir,
así que vamos de mal en peor. A mí en cambio me parece un modo grande
y deseable de vivir. Y los que no lo sientan así deberían buscar
otro trabajo o, por lo menos, no estorbar.
Reflexiones finales del profesor
Marina expuestas en el coloquio.
1.- No soy yo quien ha compadecido a
los profesores. Al contrario, he dicho que en este momento sufrimos una plaga
de victimismo exagerado, que se ha convertido, además, en un sistema de
excusas.
2.- Respecto a la formación del profesorado, el Ministerio
pasa de ello y ha pasado siempre. Por eso ponía como ejemplo lo que hacen
las empresas, que gastan mucho dinero y esfuerzo en formación continua.
3.- Me parece absolutamente relevante mi referencia a las empresas. Absolutamente
relevante. Tenemos que aprender de quién sea. Las Leyes educativas valen
para muy poco. Lo que el sistema educativo necesita -a nivel de Comunidades o
de Estado- es un Departamento de Recursos humanos fantástico.
4.-
Estos años he intervenido en muchos debates sobre la LOCE, para decir que
unas cosas son buenas, otras malas, y otras indefinidas hasta que no aparezcan
los reglamentos. Por ejemplo, ¿los itinerarios son buenos? Pues depende
de como se prestigie el itinerario más orientado a lo profesional. Si se
descuida, se convertirá en el desaguadero del sistema, y eso sería
indecente.
5.- De la formación del profesorado y de la carrera docente,
ya me dirán lo que dice la LOCE: vaguedades.
6.- Respecto a los Departamentos,
acerca de los que soy crítico, he de matizar. Como todo organismo complejo,
un centro tiene órganos y sistema de conexión entre ellos. En el
cuerpo humano el sistema nervioso, glandular y sanguíneo son sistemas de
conexión. Dentro de un buen centro educativo hay dos sistemas de órganos
y dos sistemas de conexión distintos. Uno es el académico constituido
por la dirección, jefatura de estudios, departamento, profesores. El otro
tiene una estructura menos académica y mas formativa: Dirección,
Claustro, Consejo escolar, departamento de orientación, tutorías.
Para que un organismo funcione bien tienen que funcionar bien todos los órganos.
7.- En la formación inicial del profesorado, he llegado a la conclusión
de que los sistemas de formación inicial previos a la oposición
no valen para nada. Son demasiado masivos, porque acuden a ellos licenciados que
no saben qué hacer y aprovechan el tiempo por si acaso tienen que dedicarse
a la enseñanza. Una formación inicial es muy cara si se hace bien,
por lo que la masificación implica reducir drásticamente el nivel
de eficacia. Mi propuesta es que la formación se dé después
de las oposiciones. Sólo quienes las hubieran ganado -y que por lo tanto
ya han demostrado su interés por la enseñanza- podrían y
tendrían que seguir un curso e formación en centros, recibiendo
ya un sueldo. Lo mismo que ocurre con los jueces o los médicos.
Los jóvenes se
han instalado en un sentimiento de impotencia confortable.
Encuentro a los
jóvenes con muy poco espíritu crítico, tan sólo demuestran
un cierto sarpullido crítico que no suele ir más lejos porque se
han instalado en un sentimiento de impotencia confortable.
Hoy en día los jóvenes muestran un comportamiento en el que dan por sentado que no van a cambiar sus vidas ni la sociedad, lo cual tampoco les importa mucho. También se da el caso de jóvenes ligados a compromisos con ONGs, y otros movimientos que no son políticos porque estos están muy desprestigiados, lo cual representa un problema porque sería muy necesaria la participación política.
El destino de la inteligencia
es adecuar el comportamiento del hombre a la resolución de problemas que
afectan a la felicidad y a la convivencia.
Hay que relacionar y vincular la
ética no con un sistema cerrado, normativo, estricto, sino con la inteligencia
porque la ética es el conjunto de soluciones más inteligentes que
se nos ha ocurrido para resolver una serie de problemas.
UIMP.
Aula 'Ortega y Gasset' de Iniciación a la Universidad. Diario Montañes
(9/9/03)