A vueltas con la discusión
sobre la seguridad, la libertad y los derechos
JUAN CARLOS ZUBIETA IRÚN/TALLER DE SOCIOLOGÍA
DE LA UNIVERSIDAD DE CANTABRIA
Aparecido en El Diario Montañés del 15-11-06
Todos ustedes lo saben: si desean coger un avión de Santander a Madrid
no pueden llevar en el equipaje de mano un envase mediano de champú;
todos los líquidos deben separarse en una bolsa de plástico
transparente y la capacidad de los envases no puede ser superior a 100 mililitros.
Al parecer, según dicen las autoridades, esa medida, entre otras, sirve
para que mejore la seguridad en los aviones. Pues, perdón, pero a mi
me asaltan mil dudas. Puedo entender que con unos líquidos determinados
un terrorista experto pueda hacer una combinación tal que el avión
salte por los aires. También admito que si se hacen los controles citados
ese riesgo disminuye y, por tanto, aumenta la seguridad de los pasajeros del
avión. Pero, lo siento, el problema me parece bastante más complejo
y, además, afecta a otros muchos ámbitos de la vida individual
y colectiva; en consecuencia, me llama la atención que se hayan alzado
tan pocas voces cuestionando la medida. Es decir, ¿por qué no
toman la misma medida en los trenes o en los autobuses que hacen el mismo
recorrido (todos lloramos por la tragedia de Atocha y por el atentado del
metro de Londres), ¿por qué no revisan el bolso de los centenares
de personas que entran al edificio público en el que trabajo?, ¿no
han pensado en lo que puede pasar si no controlan a la gente que entra al
gran almacén?, ¿se les han pasado por alto las concentraciones
de los estadios de fútbol y de las cabalgatas de Reyes? Que nadie se
confunda, no nos quejamos por las molestias que la nueva normativa de seguridad
en los aeropuertos implican a cualquier viajero, lo importante es su significado.
Vayamos por partes, dijo Jack el destripador. En primer lugar, los humanos nos diferenciamos del resto de los animales en que nos hacemos preguntas. Preguntamos el por qué y el para qué de las situaciones, de los acontecimientos, de las acciones. Sí, ya sé que siempre ha habido poderes a los que esa costumbre no les ha gustado nada y que han preferido que los individuos, en lugar de pensar, dijeran siempre 'amén' o 'sí señor' o 'lo que usted mande' o 'a su servicio' o 'sí padre'; «porque lo digo yo» responden algunos padres al niño que realiza preguntas 'incómodas'. «Hay que ser obediente», me dijeron en el colegio cuando era pequeño; «A callar, que están hablando los mayores», se decía con mucha frecuencia. Esos poderes siempre han justificado su pretensión de que nadie pregunte y/o cuestione indicando que ya están ellos para saber cómo actuar y que las medidas que adoptan son, indiscutiblemente, las que deben tomarse; así se logra que no se altere el orden social (por cierto, el tipo de discurso aludido no es cosa del pasado, todavía hoy está muy presente, y aunque algunos quieren disimular se les ve el plumero -yo conozco a algunas personas que le utilizan, aunque dicen ser muy demócratas, abiertas y defensoras de causas nobles-. Para el poder y para la personalidad autoritaria, el que pregunta es molesto e, incluso, peligroso.
Por eso en algunos ambientes se suele recibir con recelo u hostilidad al periodista y, tampoco gusta lo que escriben o enseñan ciertos filósofos, sociólogos, científicos, intelectuales y educadores.
Insisto, continúan existiendo poderes y personas que desean no ser cuestionados, que prefieren a pueblos e interlocutores sumisos, que asientan, que se dejen guiar. Pues bien, frente a los autoritarios hay que reivindicar, una y otra vez, el espíritu crítico, el valor de la disidencia, la aportación del desacuerdo. Hay que subrayar que han sido las preguntas las que han hecho avanzar a la humanidad.
Todos deberíamos estar de acuerdo con la idea de que los derechos humanos y las libertades son algo sagrado, que constituyen una conquista de la humanidad y que todo lo que signifique un recorte de esos principios representa un retroceso social. Es decir, debemos estar vigilantes y mirar con lupa a cualquier justificación de la limitación de la doctrina democrática.
¿Hay que ceder libertad para lograr más seguridad? La respuesta no es sencilla. Por supuesto, la libertad tiene sus límites (la libertad del otro); también es claro que debe ir unida a la responsabilidad. En la cumbre internacional sobre 'Democracia, terrorismo y seguridad', celebrada en Madrid del 8 al 11 de marzo del 2005, se discutió, entre otras cuestiones, sobre si es posible alcanzar un equilibrio entre seguridad y libertad en la lucha contra los violentos y, también, sobre si están o no en retroceso los derechos humanos ante el empuje de la violencia. Pues bien, el secretario general de las Naciones Unidas, Kofi Annan, dijo: «Lamento decir que los expertos internacionales en derechos humanos, incluidos los del sistema de las Naciones Unidas, coinciden unánimemente en considerar que muchas de las medidas que adoptan actualmente los Estados para luchar contra el terrorismo vulneran los derechos humanos y las libertades fundamentales». En esa misma conferencia varios analistas subrayaron que libertad y seguridad son dos conceptos complementarios y que «todos queremos libertad con seguridad», pero ¿dónde está el límite? La respuesta debería ser clara: hay que respetar los derechos humanos y los derechos civiles. Para que el argumento esté completo hay que recordar el artículo 8 del convenio europeo para la protección de los derechos humanos y de las libertades fundamentales (Roma, 1950). Ese artículo, que se refiere al 'Derecho al respeto a la vida privada y familiar', indica en su punto 2º que «no podrá haber ingerencia de la autoridad pública en el ejercicio de ese derecho, sino en tanto en cuanto esta injerencia esté prevista por la ley y constituya una medida que, en una sociedad democrática, sea necesaria para la seguridad nacional ( )».
Se ha citado muchas veces la respuesta que Lenin dio a la pregunta de Fernando de los Ríos sobre la libertad: «¿Libertad? ¿Para qué?» (está claro que los autoritarios, de derecha y de izquierda, se tocan). Por otra parte, como contraste, es oportuno recordar lo que explica la profesora Adela Cortina: la 'libertad', que junto con la igualdad y la solidaridad constituyen los valores mínimos compartidos de la sociedad democrática, debe entenderse en un doble sentido: por una parte, alude a la participación de los ciudadanos en la cosa pública y, por otra, condena el paternalismo político según el cual los gobernantes deciden en qué consiste el bien del pueblo.
¿Es necesario el exhaustivo control de los pasajeros y de los equipajes que nos ocupa? ¿Se trata de una medida equilibrada? ¿La toma realmente la Unión Europea o está 'inspirada' desde los EEUU? ¿No estaremos perdiendo demasiados derechos con esta y otras medidas que dicen velar por nuestra seguridad?
¿No estaremos, como titula El Periódico de Aragón, 'entre la prevención y la paranoia'?