Atrás El deseo de triunfar y su precio


JUAN CARLOS ZUBIETA IRÚN/TALLER DE SOCIOLOGÍA DE LA UNIVERSIDAD DE CANTABRIA

Aparecido en El Diario Montañés del 03-01-07



En ocasiones es bueno responder a un interrogante con otra pregunta. Me explico: habitualmente, ante la pregunta ¿Es bueno ganar la carrera?, la primera respuesta que nos viene a la cabeza es 'indudablemente', pero nos equivocamos. Lo más sensato sería preguntar: ¿De qué competición se trata?, y a continuación, ¿nos merece la pena?, ¿a qué precio?

En esta sociedad se nos enseña a competir, a tratar de ganar, pero nos educan poco para reflexionar sobre cuestiones como las citadas. El problema es que si no lo hacemos, si no meditamos, existe el riesgo de ponernos a correr sin una meta, o con una equivocada, o dejando en el camino cosas importantes, o que las prisas no nos permitan contemplar el 'paisaje', ni hablar con el paisanaje.

El deseo de superación está en la base de nuestro desarrollo y seguramente también contribuye a explicar que nuestra especie haya sobrevivido, pero sólo hace falta mirar a nuestro alrededor, y a nuestra propia vida, para concluir que cuando ese deseo se ha desbocado el resultado ha sido triste y, en ocasiones, dramático.

No es necesario subrayar que la ambición, por principio, no es ni buena ni mala; es sabido que la clave está en la orientación de la misma. El espíritu de superación personal y desear lo mejor para los que te rodean es, obviamente, algo positivo. El problema aparece cuando se hace daño a otros, o a uno mismo, por lograr el éxito.

Lo que a mí me preocupa es que cada día con más frecuencia me encuentro con personas que quieren triunfar a toda costa, y que esos individuos sólo ven su meta y para conseguirla pasan a tu lado como un torbellino, arrasándolo todo, sin pensar en los demás. Hace unos años se hablaba de 'ejecutivos agresivos', después se habló de los 'yuppies' (de Young Urban Professional), ahora no sé como se llaman, pero son fácilmente reconocibles. Además, no hay que buscarlos ni en Nueva York, ni en la zona de oficinas de las grandes ciudades, tampoco están todo el día vestidos con traje de chaqueta ni con el móvil y el ordenador en la mano, yo les encuentro en los ámbitos en los que trabajo: hay profesores obsesionados por obtener méritos (algo que muchas veces no coincide con hacer aportaciones al conocimiento o difundir el saber), estudiantes que sólo piensan en sacar buenas notas (olvidándose que también hay que aprender, hacer otras actividades y ayudar al compañero) y, también, directivos, técnicos y políticos que sólo piensan en figurar o que sólo miran a sus intereses. Cuando uno tiene la mala suerte de toparse con esos depredadores quizá lo más sensato sea apartarse teniendo el convencimiento de que su camino es equivocado y que cuando lleguen a la cima seguramente se encontrarán insatisfechos, y quizá algunos se den cuenta de que por alcanzar la cúspide se han olvidado de principios importantes.

La canción habla de salud, dinero y amor, pero en la sociedad capitalista se ha traducido, de forma muy prosaica, por la tríada: clase, estatus y poder; o lo que es lo mismo: tener dinero, disfrutar de prestigio social y alcanzar el poder para mandar, dirigir y ser obedecido. Es más, se nos dice que si logramos el primer elemento, el vil metal, de forma automática obtendremos la reverencia de la gente. Lo dijo Quevedo: «Poderoso caballero/ Es don dinero/ Madre, yo al oro me humillo/Él es mi amante y mi amado( )/Pues que da y quita el decoro/Y quebranta cualquier fuero( )/ Y pues es quien hace iguales/ Al duque y la ganadero ( )/ Y pues él rompe recatos y ablanda al más severo ( )/ Pues da calidad al noble y al pordiosero ( )/ Nunca vi damas ingratas/ A su gusto y afición/ Que a las caras de un doblón/ Hacen sus caras baratas ( )».

Lograr el éxito económico es una meta que nuestra sociedad subraya de mil modos. Los 'inocentes' dibujos para niños del Pato Donald nos muestran que el Tío Gilito ha puesto en lo alto de su mansión, a modo de escudo, el símbolo del dólar, y que su objetivo vital es ganar dinero y custodiarlo. Siendo ya no tan niños jugamos al 'Monopoli' y aprendimos a comprar y a vender, a ganar dinero y propiedades. Posteriormente, algunas revistas nos presentan como modelos a los hombres y mujeres más ricos del mundo.

Además, para empeorar las cosas, hemos hecho un mundo absolutamente competitivo. El lema olímpico 'Citius, Altius, Fortius' debería animar a la superación, pero en nuestra sociedad, también en el ámbito del deporte, sobretodo se piensa en ganar.

Es sorprendente, pero, de forma contradictoria, cuando se habla con la gente la mayor parte reconoce que su carrera está equivocada. La mayoría indica que lo que realmente le hace feliz es ser querido y, por tanto, que lo que desea es tener tiempo para estar con los amigos y con las personas amadas; esta mayoría también dice que desea más tiempo para poder hacer lo que uno desea: pasear, viajar, leer, conversar, etc.; es decir, se añora la libertad, se sueña con poder disponer de la propia vida. La generalidad admite que comprar produce muy pocas satisfacciones y que éstas son muy efímeras. La práctica totalidad acepta la idea de que aunque algunos bienes materiales son imprescindibles y otros proporcionan una vida más cómoda, vivir para trabajar y poder comprar objetos es un grave error o una desgracia y que el trabajo debería ser, por una parte, un instrumento para desarrollar la creatividad o para aportar algo valioso a los demás y, por otra, un medio para satisfacer las necesidades materiales. En definitiva, casi todos están de acuerdo con la idea de que lo fundamental es la salud, y que ésta debe entenderse en su triple acepción: física (ausencia de enfermedad), mental (que también se puede traducir por estar contentos con nosotros mismos y con nuestra situación; es decir, sentirse sereno) y la social (ser queridos).

¿Cómo se explica esta gran contradicción?, ¿cómo se puede comprender que nuestra forma de pensar esté tan alejada de nuestro comportamiento cotidiano? La respuesta inmediata es que nuestro mundo, la sociedad capitalista basada en la producción y en consumo de masas, nos ha seducido, nos ha drogado, nos ha esclavizado.

Si estamos de acuerdo en lo anterior, ¿no estaría bien decir con Mafalda: «que paren el mundo que queremos bajarnos»? En otros términos, ¿no deberíamos reflexionar un poco y apostar por otras metas?, ¿no convendría transmitir otros valores y otros comportamientos?