Pregón   1.973

 

     Reina de nuestras fiestas patronales de la Virgen de la Consolación.

Damas de su corte de honor.

Ilmo. Sr. Alcalde.

Sras. y Srs.                                                                                                         

 

El milagro es esencialmente inexplicable y, en su sola evidencia, radica su realidad (o su aparente realidad) y su razón de ser (o su fingida y confundidora razón de ser). Sólo así, a la violenta y cegadora luz de la fe, puede cobrar entidad el mundo de los fantasmas. Querer explicar el milagro, como querer resolver la cuadratura del círculo o querer hallar la clave del movimiento continuo, es tan vana y gratuita empresa como la de querer buscarle los tres pies al gato. Joubert asegura que la imaginación es el ojo del alma, y con los ojos del alma ¡quién lo duda!, pueden verse los fantasmas que se niegan al concreto sentido de la vista, al ejercicio de los ojos del cuerpo. Es mas: no sólo los fantasmas y sus contornos huidizos, sino las mismas cosas presentes al decir de Montaigne, no las poseemos más que a través de la fantasía, esas alas que mueren jóvenes y audaces aun en los cuerpos viejos y timoratos.

 

Todos aspiramos a que el mundo sea algo más que un mecanismo (recuérdese a Lacordaire: sin Libertad, el mundo no sería más que un mecanismo) y, sin embargo, nos apoyamos en la pura mecánica de las cosas para buscar la inteligencia de las mismas cosas, el entendimiento de sus acciones y reacciones, la pauta de su conducta. Si trasladamos nuestro observatorio de la curiosidad, del mundo de lo real y tangible al limbo de lo irreal y resbaladizo e inaprehensible, nos encontramos con la primera y cruel evidencia de que las herramientas de percepción al uso nos valen de bien poco. ¿Cómo explicar, por ejemplo, los matices de una puesta de sol, el tembloroso mirar de una mujer enamorada o el pujante y delicadísimo brote de la primavera en los botones del rosal, sin recurrir a las palabras mágicas y a los valores sobreentendidos y también mágicos? El hombre, puesto en trance de estupor, engendra poesía, estrena la poesía y abre Los ojos atónitos al mila­gro. Es falaz el pensamiento de que el milagro es una situación de excepcionalidad; el milagro acontece cada día -cada día sale y se pone el sol, cada día late el pulso en las sienes, cada día se muere un niño que no había hecho más que sonreír-. No; el milagro, contra toda apariencia, es un fenómeno usual y cotidiano, algo que nos rodea por todas partes y en lo que estamos inmersos aun sin saberlo. Lo que se nos resiste no es el milagro ni sus milagrosas consecuencias, sino la mecánica que nos dé exacta noción de su existen­cia y de sus razones.

 

Ahora bien: ¿tiene razones el milagro? Probablemente no. O, dicho sea con mayor modestia, probablemente no las conocemos. La pasión fue antes que la razón, según nos explica Ovidio en su Remedíum amoris, y aquello que se resiste a ser desvelado por la razón, quizá encuentre su sentido en la pasión, que es el tuétano que anima tanto a los ángeles como a los demonios. El filósofo francés acude en nuestra ayuda al asegurarnos que más alcanzaremos nuestro propósito dirigiéndonos a la pasión que a la razón. Aun sin poder desnudarnos del lastre de ser hombres razonables, esto es, de ser hombre que, inevitablemente, todo lo pasamos por el tamiz de la razón, tampoco debemos negarnos a la evidencia de que, para el bien y para el mal, también la pasión existe y está ahí: a nuestra percepción y a nuestros alcances.

 

El hombre trabaja para holgar, a su debido tiempo, y huelga, a su tiempo debido, para seguir trabajando en su momento y a su aire, y no antes ni después, que todo quiere su orden y su concierto adecuados. La cadencia del ocio y del trabajo marca el compás de la vida del hombre que, desde que nace hasta que se va -silenciosa o tumultuariamente- para el otro mundo, trabaja soñando con el descanso y descansa pensando, aunque no quiera hacerlo, en el trabajo.

 

Hoy, en Molina de Segura, plaza fronteriza, toca holgar y buena muestra cíe ello es esta reunión de aquí, en torno a la bella juventud de nuestra reina efímera, patrona de afanosos menesteres y saludables sosiegos y gobernadora de lo que el viejo Hesíodo hubiera llamado los trabajos y los días de todos y de cada uno.

 

Molina de Segura es rincón afanoso y trabajador que bien se merece unos días de descanso; en ella parece haber pensado Voltaire cuando proclamó que el trabajo nos libra de la insufrible calamidad del aburrimiento.

 

¿Cuántos hombres y mujeres descendientes de los paladines del godo Teodomiro viven con nosotros, entre nosotros? ¿Cuántos corazones escuchan latir la sangre que corrió por las venas de los guerreros del moro Almanzor? ¿Cuántas conciencias piensan y creen según la pauta de los capitanes del cristiano Alfonso X el Sabio? Molina es un crisol de razas de ahí su fuerza. Molina es una encrucijada de culturas y de formas de vida, y de ahí su pujanza. Nadie olvide que el valle de Ricote, que empieza donde termina el valle del Segura, no tuvo culto católico hasta 1505, esto es, trece o catorce años más tarde que la América recién descubierta por Colón y sus navegantes; el valle era una encomienda de la orden de Santiago, y sus caballeros protegían a los campesinos moros sin abrir la mano a la inmigración mozárabe.

 

Molina de Segura -como rezaban los programas de mano de hace unos lustros «arde en fiestas» y se dispone a celebrar por todo lo alto a su santa patrona la Virgen de la Consolación. Cuando uno era mozo -allá por los tiempos de la revolución francesa, sobre poco más o menos- y bailaba el pasodoble de costadillo y apretando a la pareja, como Dios manda, hasta los mismos límites de la asfixia, uno -en su lejano y húmedo país-acostumbraba frecuentar las romerías que, para mayor emoción de indígenas y foráneos, solían acabar a palos como el rosario de la aurora, y nunca peor. Los tiempos han cambia­do y los mozos de hoy, los sucesores del mozo que fui ayer, tienen, a ritmo diferente, los mismos anhelos inundándoles, gloriosamente, el corazón.

Sí; es mejor que las cosas cambien, pero guardando el eterno tuétano de la juventud, la hélice eterna que impulsa a la juventud a cometer jolgoriosos disparates, no muy dife­rentes, en el fondo, de los que cometíamos sus padres aunque, por instinto de conserva­ción, no queramos reconocerlo así.

 

Desde Alfonso el Sabio hasta hoy mucha agua ha pasado bajo los puentes; lo que suele callarse es que aquella agua histórica tenía los mismos átomos de oxígeno y de hidrógeno que esta agua de hoy, que también acabara, inexorablemente, por convertirse en material histórico, más allá de nuestras vidas, de nuestras muertes e incluso de nuestras memorias.

 

El príncipe Don Juan Manuel, a quien los historiadores siguen llamando infante, el creador del género literario al que decimos novela (recuérdese que ««El Conde Lucanor>, se escribió trece años antes de la epidemia de la peste florentina, que fue el manantial de inspiración del «Decamerón»» de Boccaccio), el príncipe Don Juan Manuel -les iba diciendo- vendió la villa de Molina, de la que era dueño y señor, a los Fajardo, familia cuyos caballeros los tenían muy bien puestos (quiero decir los instintos bélicos y peleones), tanto que, según las crónicas, el emperador Carlos V premio a don Luis Fajardo, primogénito del primer marqués de Vélez y héroe de la toma de Orán, con el título de marqués de Molina, latitud que -paradójicamente- jamás fue marquesado.

 

Desde entonces hasta las cebollas y los tomates del siglo XVII -y aun después- Molina duerme en el olvido y languidece en un sopor del que había de costarle no poco esfuerzo salir. Los jesuitas están de moda; los ricos de Molina, convencidos del «gran negocio de la salvación del alma", los hacen sus herederos, y Molina pasa a manos de La Compañía de Jesús. Corren los tiempos en los que una población de mil habitantes mal contados da doscientas vocaciones sacerdotales, y los hombres del estado llano -siempre sagaces en sus bautismos- designan a nuestra villa con el topónimo popular de Pequeño Vaticano.

 

La desamortización del siglo XIX muda la propiedad de manos -de los jesuitas pasa a la familia de los Heredia Spínola- pero no cambia ni la mentalidad ni la situación económica, y Molina sigue siendo llamada con el apelativo que venía designándola desde la Edad Media; Molina Seca que vale tanto -o tan poco- como Molina la pobre.

Este extraño caldo de cultivo de tomates y curas, cebollas y frailes, patatas y seminaristas y maíz y monjas, dura hasta hace cosa de veinte años, sobre poco más o menos. Los molinenses, que no pueden ampliar su huerta hasta los lindes que hubieran deseado, descubren el crédito, se deciden a industrializarse echándole no poco valor al trance, y acier­tan con su propósito. Molina empieza a crecer, su población se multipli­ca y sus hombres se descubren a sí mismos unas habilidades que igno­raban. Las energías que aplicaron los molinenses a las batallas, en la Edad Media; al cultivo de la tierra, más tarde, y al fervor religioso, aún ayer, las adecuaron a los tiempos y hoy, al lado de las primeras indus­trias conserveras, brotan las fábricas de estructuras metálicas, de envases de lata y de madera, de cartón, de maquinaria para el frío industrial, de confecciones, de caramelos, de chiclets y de tantas y tantas otras cosas que exportamos al mundo entero. Y al que le sirva de ejemplo, que lo aprenda.

Para el final -y en homenaje al más bello producto de esta tierra: la mujer- quiero dejar la loa de su encanto, innecesaria puesto que a la vista está.

Para Fray Luis de León, si hay debajo de la luna cosa que merezca ser estimada y apreciada, esa cosa es la mujer, ya que en su comparación el sol mismo no luce y son obscuras las estrellas. Proclamo mi admiración sin reserva hacia la mujer y hago míos Los versos de Lope de Vega porque

... en siendo mujeres, sean morenas,

sean blancas o no, todas son buenas.

La Maja de España del año pasado fue molinense. ¡Viva la Maja de España del año pasado! La Maja de España de este año también lo es. ¡Viva La Maja de España de este año! La Maja de España del año que viene, ¿de dónde será? En todo caso, ¡viva la Maja de España del año que viene!

Lope de Vega, otra vez Lope de Vega, cachondo clérigo, perito en estos menesteres, pareció adivinar la belleza de las majas de hoy en los versos de su poema dedicado a Andrómeda:

La perfección del cuerpo merecía

no menos bella y peregrina cara,

y la cara no menos simetría

que la del cuerpo, tan hermosa ,y rara.

Señoras y señores: las fiestas de la Virgen de la Consolación han empezado. Que todos podamos gozarlas muchos años, amén.

 

Gregorio Miñano Datos generales Órganos de gobierno. Profesores Exprofesores P.G.A. Proyectos Estadillo Ubicación Un poco de historia Enlaces Infantil Primaria Pasatiempos Calculadora En Molina D. Camilo José Cela Principal